El inmenso valor de perdonar

January 31st, 2018

Para cualquier persona que comprenda el mensaje cristiano, el signo de la cruz representa el perdón de Dios a los hombres; perdón que tiene carácter de infinito, pues el ofendido es Dios que es infinito y, el Hijo de Dios hecho Hombre se ofrece por la redención de los hombres que, al ofenderlo, han contraído una deuda infinita.

Esto nos conduce a analizar las cosas detenidamente. Aquél que ofende, el agresor causa un daño al ofendido y, unido a ello un dolor que acompaña a la ofensa recibida. La ofensa no sólo se dimensiona por el daño provocado, sino también por la dignidad del ofendido. Al ofender se causa un daño, un desorden que, para recibir perdón debiera ser reparado y además ofrecer algo extra; eso implica que se genera o contrae una deuda que implicará la reparación del daño y algo más.

Un ejemplo lo aclara. Le causo un daño a una persona robando su dinero, lo que le provoca al afectado un perjuicio directo, una injusticia que se comete, la pérdida de bienes que significa el dinero y los daños por lo que se pierde en tiempo y oportunidades. La reparación del robo implicaría la devolución del monto de lo sustraído y algo que se debería añadir, porque al devolverlo se repara algo, pero han habido más males que se han ocasionado. ¿Cómo se repararán? Como puede verse es algo más complicado de lo que parece.

También se puede añadir una consideración. Y es que se produce un daño sobre el mismo agresor. Es un desorden interior que a él mismo le provoca un mal, una privación, habría que corregirse y cambiar, en términos cristianos, arrepentirse.

Es claro que ofender es contraer una deuda; en cambio, perdonar es un acto de generosidad. Por el contrario, querer vengarse es un acto que genera un mal y no compensa la justicia, sino que es convertirse en parte del mal, pasando de ser agredido a ser un agresor.

El perdón se convierte en un acto de misericordia, un acto de amor que recae en el ofensor, perdonándole la deuda que queda saldada, sí, pero con el sacrificio del ofendido que se quedará con el daño recibido, podríamos decir, con las debidas proporciones, que se entrega a la cruz por quien lo ofendió. Por supuesto, se requeriría el intento siquiera mínimo de deseos de recibir el perdón, el reconocimiento de que ha obrado mal. Perdonar no implica que necesariamente se restablezca la relación con quien es el ofensor, pero sí el ofrecimiento de que siga su camino en paz.

Por otra parte, si el ofendido busca no la reparación sino la venganza, pasa en consecuencia a ser ofensor, a permitir que el daño que el otro infligió ahora se vuelva interno, es decir, el mal que el otro me ha hecho, ha ocasionado por el consentimiento propio a buscar dañar al otro, lo cual no cumple con la justicia al tomarla en las propias manos, sino que se trata de revancha, venganza, desquite o como quiera denominársele, pero no es el cumplimiento de la ley que sólo podría decidirse por un juez que juzgue objetivamente.

Algo más que comentar es que el perdón y la misericordia se colocan por encima de la ley, no exigen su exacto cumplimiento en justicia, no que la ley desaparezca sino que, tras la ofensa, al perdonar se asume el daño recibido; no significa otorgar permiso de obrar lo que se quiera sin ley, sino que ante sus transgresiones, no se carga contando las deudas que han adquirido los otros alimentando el rencor. Asumir las faltas de los otros contabilizándolas como juez, es algo ajeno al perdón y ajeno a reconocer que, si se exige justicia, también incide sobre el que la reclama, pues nadie hay que no haya ofendido y, por tanto, que no se vea afectado por una deuda que pagar, una necesidad de perdón. Si se hiciera justicia absolutamente todos los seres humanos tendríamos algo que pagar.

En conclusión, el perdón tiene un inmenso valor, es un acto generoso que supone ser más grande que la ofensa recibida, la capacidad de sacrificarse pese al mal recibido y de dejar al otro en el lugar que le corresponda: un ser humano que merece otra oportunidad, si la acepta; y, el reconocimiento de que nadie puede ser ni juez, ni Dios.

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

¿Vale la pena seguir creyendo?

January 21st, 2018

En nuestro reciente artículo se analizaba el valor de pensar, la necesaria confianza en la capacidad racional del hombre para conocer la verdad, a la que se puede llegar pensando y contemplando la realidad de las cosas. Y esto es algo que se ha perdido en mucho en la sociedad actual.

Sin embargo, no sólo se han perdido los valores que van unidos directamente al pensar, se han perdido muchas más cosas. Se ha perdido la capacidad de orientarse hacia algo más, se ha perdido la ilusión, se ha perdido la capacidad de creer y de esperar.

Se puede recurrir al pensamiento de los filósofos para explicarlo. Platón explicaba el conocimiento recurriendo a la distinción entre dos mundos. El mundo de las Ideas y el mundo sensible. El mundo de las ideas es un mundo de perfección, de plenitud, donde se encuentras las ideas que son perfectas, universales, simples, eternas. El mundo de lo sensible es el mundo de la realidad que nos rodea, es un mundo imperfecto, temporal, cambiante y pasajero. Para Platón este mundo sensible es una mala copia del mundo de las ideas, un mundo que ha tratado de copiar aquella perfección que de algún modo les ha dado origen a su naturaleza, aunque de una manera insuficiente. Queda así de manifiesto la insuficiencia ontológica de las cosas que se limitan a ser “malas copias” del original.

Por su parte, Aristóteles le da un giro al planteamiento de Platón y considera que el origen de las ideas está en las cosas, las ideas son perfectibles y de alguna manera son unas “malas copias” de la realidad. Lo que significa que este mundo sensible es un mundo real, las ideas abstraen, aíslan aspectos de la realidad, la naturaleza es un modo de ser de la sustancia individual, eso es expresado por los conceptos. Sin embargo, la explicación del movimiento de las cosas no se encuentra en ellas mismas, son movidas por un acto puro o primer motor inmóvil, no se mueven o perfeccionan por sí mismas, su movimiento implica que son movidas hacia su perfección a la que son atraídas.

Aunque explicaciones diversas, incluso confrontadas, ambas ponen de manifiesto una cosa: la realidad actual carece de suficiencia ontológica, las cosas no son por sí mismas, no poseen en sí mismas todo su ser, lo que significa que caminan, transitan temporalmente hacia aquello que puede completarlas, perfeccionarlas.

¿Hacia qué deja abierta la puerta? A que existe una perfección mayor a esta realidad que nos rodea, en la que encuentra su origen y su posible y futura perfección, de otra manera no se justificaría la existencia de las cosas, particularmente de la continua aspiración del ser humano hacia algo mayor. Es decir, todas las actividades del ser humano: su profesión, su trabajo, sus afanes de superación mediante el estudio o el esfuerzo por la excelencia en alguna actividad siempre poseen el mismo origen: el hombre confía en que siempre hay algo superior a él mismo que puede ser alcanzado y poseído. Es sencillo ¿a qué aspira el hombre? Siempre aspira a más y por ello en su vida, que es temporal, siempre está buscando algo superior a él mismo y aunque haya alcanzado una relativa felicidad, siempre considera que hay algo que aún puede buscar y lograr.

Esto significa que el creer y esperar está en la naturaleza humana. ¿Qué estamos esperando? Una vida en plenitud que se sabe que existe en algún lado y de algún modo. Cuando se renuncia a ello la vida pierde todo su sentido, dando paso a la desolación, a la depresión y a la desesperanza.

¿Cuál es el valor de creer? El darle sentido a la propia vida individual y social, fundados en que creer y esperar tiene un fundamento real: el propio ser y la existencia jamás se explican, ni se podrán explicar sin algo superior a sí mismos que garantizan alcanzar la plenitud. Es algo completamente real y no mera ilusión ni fantasía.

¿Cuál es el valor de creer? Permite al hombre vislumbrar que existe una plenitud que existe y que alcanzará trascendiendo a su vida y existencia. Siempre existe un afán por más y una capacidad humana de trascender. Creer está en lo íntimo del corazón humano. ¿Cuál es la desolación actual del ser humano? Haber dejado de creer.

Piénsenlo. ¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

La difícil tarea de pensar, pero ¿aún vale la pena?

January 14th, 2018

“Pensar es el trabajo más difícil del mundo –afirma Henry Ford, por eso hay tan poca gente que lo hace”. No importa realmente quien lo dice, se ha vuelto una realidad evidente en la sociedad actual, la gente piensa menos y, sobre todo, poco tiempo se toma en indagar el fundamento de muchas de sus afirmaciones que acepta como principios innegables en algunas ocasiones.

Vivimos actualmente en una cultura que ha hecho de la tecnología el instrumento fundamental para la vida, para el desenvolvimiento de la vida personal, laboral y profesional. Anejo a esta cultura de la tecnología electrónica, se pueden encontrar infinidad de aplicaciones descargables para realizar actividades, para hacer algo, algunas funcionan cumpliendo lo que prometen, otras no –eso no importa ahora-, lo significativo es que hay decenas o cientos de ellas, todas ofreciendo desde el clima, el horario, música, cine, aprendizaje de idiomas, etc. casi todo lo que se le pueda ocurrir a la gente, de tal modo que elaborar una nueva aplicación es muy difícil, pues el mercado de ellas está copado totalmente.

Sin embargo, hay algo que en manera alguna puede convertirse en aplicación descargable: la aplicación que designaríamos sencillamente como sabiduría. No hay otro modo de “descargarla” más que esforzarse por contemplar las cosas con un ejercicio y esfuerzo intelectual, es decir, se trata de pensar inteligentemente.

Aunque mucha gente quisiera dar un click simplemente y descargarla, hay múltiples razones por lo cual eso no es, ni será posible alguna vez. En primer lugar implica esforzarse por pensar, por ejercitar el entendimiento en la ciencia y arte de ejercer un pensamiento que sea correcto lógicamente y además conforme con la realidad, es decir, verdadero. Sin duda alguna se puede afirmar que la gente ya no piensa, los más mínimos razonamientos o procesos para obtener conclusiones lógicas, la mayoría de las personas ni los hace, ni entiende cómo se llegó a ello. A menudo, el problema estriba en que ni siquiera se conoce el significado de las palabras.

Por otra parte, una de las explicaciones del porqué las personas ya no piensan es porque vivimos en una cultura de lo sensible, de las emociones. La gente tiende a pensar en términos de “cómo lo hacen sentir las cosas”. En política hoy se ve muy claro, la gente suele optar por los candidatos que, con sus promesas hacen que los ciudadanos “sientan” ilusiones, esperanzas, emociones, aunque sean ficticias y absurdas analizadas por una inteligencia formada e informada. El grave problema que esto ha creado es que se ha vuelto un hábito entre los seres humanos, el de juzgar las cosas en base a “cómo me siento cuando estoy frente a ellas”. Si no me hace sentir bien ni es digno de atención, ni de consideración. Y quien se oponga a este criterio seguramente es alguien retrógrada y poco progresista que padece una actitud antihumanista y muchos adjetivos por el estilo.

Esto nos lleva a que pensar implica reconocer que el hombre no es el centro, ni el sentido de todas las cosas. Sino es alguien capaz de reconocer ambas cosas, que ni es él quien determina la realidad, ni es quien le atribuye finalidad a las cosas. El hombre es pasivo frente a la realidad que es como es y a él únicamente le corresponde aceptarla y adaptarse a ella, lo cual no significa limitación alguna, hay un espacio infinito para la creatividad como para echar de menos que no puede cambiar la naturaleza de las cosas.

Por último, otro aspecto a considerar implica reconocer que la sabiduría está en establecer un orden respecto de un fin, “propio del sabio es ordenar y juzgar” afirma Aristóteles. Pero ambas cosas sólo pueden hacerse en función del fin, por consiguiente, propio del sabio es conocer el fin. Y, hay todo un orden en el Universo que lo rige todo. El hombre no puede cambiarlo, puede conocerlo, puede ajustarse a él y puede elegir su forma de vivirlo, lo cual lo hace libre pues actúa conociendo la finalidad. Por esto último, el mismo Aristóteles dirá que la filosofía como forma de sabiduría es una ciencia liberal, es decir, una ciencia que hace libre al hombre, a diferencia de los esclavos que ignoran el fin. Nos llevaría a plantearnos si el hombre hoy, con toda la tecnología a su alcance y con su ausencia de un pensamiento más reflexivo ¿se ha vuelto más libre o más esclavo?

En fin, la difícil tarea de pensar, ¿aún vale la pena? El valor de pensar con todas las características enunciadas –y muchas más no enumeradas-, nunca pierde su valor; lo que habría que recobrar es la positiva valoración del pensar por parte del ser humano y la confianza en la razón, en que se puede conocer la verdad sin relativismos o subjetivismos, lo que es el inicio de vivir una vida con más plenitud, trascendiéndose a sí mismo.

¿Vale la pena pensar? En realidad es algo que, aunque parezca paradójico, dado que el pensar está en la naturaleza del ser humano, es algo que cada ser humano tiene que ejercitar y experimentar cada uno de nosotros.

¿Tú crees que vale la pena o no?

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

¿Decreto mi destino o decido cómo enfrentarlo?

January 6th, 2018

 

Ahora que estamos iniciando un nuevo año –el año 2018-, se escuchan frecuentemente expresiones que son un verdadero decreto sobre lo que ocurrirá en él: “Decreto que éste será un buen año”, “decreto que me/nos irá muy bien”, “decreto que se cumplirán nuestros deseos”,… etc., el común denominador es el acto de decretar.

La pregunta esencial aquí es: ¿Cuál es el alcance de la propia voluntad?

El hombre está dotado de libre albedrío, lo cual significa que él, cada ser humano, puede determinar sin coacción externa qué es lo que quiere obrar con su vida, es juez de sí mismo, del camino que seguirán sus acciones. Es árbitro de sí mismo. Por su inteligencia el hombre considera todas las opciones que se le presentan, diseña las metas o fines que pretende alcanzar y analiza o delibera sobre los distintos medios o caminos a seguir para llevar a buen término sus concepciones, sus planes hasta elegir o determinar cuál camino va a seguir.

Se puede afirmar que el hombre decreta, da una firme determinación de su voluntad sobre lo que él mismo va a llegar a ser. Nótese, el decreto es siempre sobre sí mismo puesto que es lo que se elige ser y en ello se empeñan los propios esfuerzos.

Vayamos a los ejemplos. Ya desde pequeños se manifiesta el libre albedrío. El niño ya se muestra firme sobre lo que quiere o no, desde su alimentación, podrá elegir que acepta o no acepta comerse sus verduras –cuestión aparte es la disciplina a la que hay que educarle-; el niño no acepta que se le impongan cosas sobre los juguetes que quiere, la ropa que va a usar, etc. él ya se sabe dueño de sus determinaciones.

En los jóvenes es muy claro. Deciden con toda determinación estudiar una carrera, irse de viaje, casarse con alguna persona y, no habrá poder humano que los contradiga, más fuertemente incluso, ocurre desde la adolescencia.

¿Qué es lo que hay que notar? Que las determinaciones se dirigen a lo que habrán de obrar sobre sí mismos, sobre su vida y sus aspiraciones, sobre lo que eligen ser. Nadie entendería que decretan sobre lo que les va a ocurrir en el proceso de cumplir sus decisiones.

Hay que añadir que los decretos que el hombre hace sobre sí mismo no se realizan inmediatamente. El hombre decreta pero llevarlo a cabo es algo que le cuesta esfuerzos, la realidad se resiste, no tomará la forma que el hombre quiere porque lo dijo, darle forma a su vida le costará tiempo, energía, perseverancia y lograrlo, será un éxito que por eso se festeja. No ha sido fácil.

Así pues, el hombre sólo puede decretar lo que quiere llegar a ser y, llegará a serlo sólo mediante su esfuerzo, energía y perseverancia, no se hará realidad simplemente porque lo dice. Además hay que añadir que sólo se puede decidir llegar a ser lo que corresponde a la propia naturaleza. Inútil además de imposible decidir ser varón si se es mujer y viceversa, más irrelevante aún decidir ser alguna especie de animal si se es humano, o decidir tener otra edad, todo lo cual, si se pretende, raya en la locura, en el desequilibrio mental.

Al hombre no le corresponde decretar que las cosas sean, que la historia siga un curso o que las cosas ocurran para su bien; en cambio a Dios sí y, no sólo le corresponde, es el único que posee tal poder anejo a su voluntad. Dice el libro del Génesis al narrar la creación: Dios dijo hágase y… ¡así se hizo! Tal poder nadie puede tenerlo y sólo Él, únicamente Él, puede tenerlo y usarlo pues es un poder infinito.

No nos equivoquemos, el hombre decreta sus decisiones pero Dios dispone las cosas como Él quiere. En lugar de decretar digamos: “Hágase tu voluntad, por mi parte haré todo lo que pueda y esté en mis manos”. Al hombre le corresponde esforzarse por ser el dueño de su vida y ser dócil, dispuesto a aceptar las determinaciones de la voluntad de Dios como Él las quiere, porque es verdad, el hombre propone y Dios dispone. Nada más.

¡Feliz año a todos! Y, recuerden, pueden decretar qué es lo que quieren hacer y ser en su vida; sin embargo, sólo Dios puede determinar y decretar qué es lo que nos conviene y eso es lo bueno para nosotros si lo aceptamos dócilmente.

¡Hasta la vista amigos!

 

Juan Carlos Barradas Contreras

¿Por qué deseamos Feliz Navidad a todos?

December 30th, 2017

(Una reflexión para todo el año)

La pregunta formulada: ¿por qué le deseamos feliz Navidad a todos? Algo que hacemos tanto al creyente como al descreído, al indiferente, al ateo, al ajeno, al pagano, al que no comparte nuestra fe e incluso al antiteo, es algo que forzosamente tiene una respuesta religiosa, no podría ser de otro modo, la esencia de la Navidad es religiosa.

La respuesta se encuentra considerando cuatro momentos distintos en los que Dios se hace presente en la naturaleza del hombre. Analizarlos nos da la respuesta, respuesta que incluso es para toda nuestra vida, no únicamente para las fiestas decembrinas, pues el año litúrgico para la iglesia comienza con el tiempo de adviento y la Navidad, es el inicio de las posteriores celebraciones hasta llegar a la Pascua de Resurrección que se traducen en vida cotidiana en el tiempo ordinario.

En primer lugar habrá que remontarse a los orígenes. Afirma el libro del Génesis que “en el sexto día Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, varón y mujer los creó”. No significa que Dios tenga ojos, nariz, boca y extremidades, sino a la inversa, significa que el hombre, por sus facultades superiores: su inteligencia, su voluntad, su libre albedrío, ser dueño de sí mismo, son algo que muestran la presencia de Dios en la naturaleza humana.

Cuando se oye decir que algunos afirman que se levantaron frente a sus dificultades, sufrimientos o adversidades de su vida y, que lo hicieron únicamente en base a sus propias fuerzas y Dios no estaba por lado alguno, habría que recordarles que eso es falso. Si pudieron enfrentar las cosas es precisamente debido a que Dios estaba en ellos, “no te hagas el maravilloso –habría que decirles-, por ti mismo eres nada y si puedes es porque Dios está en tu naturaleza, de Él eres imagen, Él está contigo”.

De hecho este fue el fallo de Adán y Eva cuando el demonio los sedujo para pecar: “Seréis como dioses” les dijo; y olvidaron que ya eran como tales. Sin embargo, cuando estaban siendo arrojados se les prometió un Redentor.

Esto nos lleva al segundo lugar. “Llegada la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” y san Juan afirmará en su Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que le envió su Hijo unigénito”. Es algo tan grande que san Agustín de Hipona afirmará con emoción: “La Encarnación del Hijo de Dios ha honrado ambos sexos”.  El femenino al encarnarse en el seno de una de ellas, lo cual ha engrandecido a ella en concreto –santa María Madre de Dios- y, en ella a todas las mujeres. Y el masculino, al encarnarse en un varón.

Ambos sexos han quedado engrandecidos –lo cual de paso muestra el absurdo de la llamada “ideología de género”-.

Cristo Jesús se ha unido a la naturaleza humana, no en abstracto, sino en cada uno de los hombres que ahora son sus Hermanos. Por eso el dirá “lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. Ahora, Dios sí que tiene ojos, nariz, boca,… todo un cuerpo humano. Dios ha sido engendrado como Hijo del Hombre, a imagen del hombre mismo. Dios participa de la  naturaleza humana por increíble que pudiera parecer.

Nos lleva al tercer lugar: nace como Redentor, y como tal, acaba de nacer y ya lo persiguen para darle muerte, lleva la cruz en sí mismo desde su nacimiento. Para llegar 33 años después a aquel viernes Santo que es el aparente triunfo del mundo; en aquel momento sus enemigos podrían decir “Dios ha muerto” porque en efecto ha sido así; pero dura poco tal aparente derrota, pues triunfa inmediatamente, tres días después con su Resurrección y con ello se abre la puerta para que el hombre participe de Dios, ahora no sólo siendo a su imagen y semejanza sino participando del gozo de su presencia a la que es llamado. Se invita al hombre a participar de una manera directa de Dios mismo y se le abren las puertas del Cielo. Se puede atravesarlas aceptando la propia cruz. Nos conduce a considerar un último aspecto de la presencia de Dios en el hombre.

Nos lleva al cuarto lugar: Dice el libro del Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno me abre entraré y cenaré con él”.  Frecuentemente en estos días suele desearse a los demás que “el Niñito Jesús nazca en tu corazón”, deseo que pudiera considerarse aparentemente pueril, demasiado sentimental y lleno de vacía emotividad –asumiendo la paradoja-.

Sin embargo, es algo muy adulto, podría decirse que Dios nace en aquél que hace el esfuerzo firme y viril por cumplir su voluntad. “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” y “al que me ame, mi Padre lo amará y haremos nuestra morada en él”. El hombre es invitado a establecer una relación libre, personal e individual con Dios, como algo estable que definirá la vida del hombre eternamente.

Tan grande es esto que san Juan de la Cruz dirá con santa impaciencia:

“Oh almas criadas para tales grandezas y para ellas llamadas.  ¿Qué hacéis? ¿En qué os entretenéis?  Oh miserable ceguera de los hijos de Adán, pues a tantas luces estáis ciegos y a tan grandes voces sordos”.

Para luego afirmar con enorme audacia:

“Míos son los cielos y mía es la Tierra;  mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores;  los Ángeles son míos y la Madre de Dios. Y todas las cosas son mías y el mismo Dios es mío y para mí,  porque Cristo es mío y todo para mí”.

Así que el motivo de gozo ante la Navidad es uno muy concreto, gozo que debería durar toda la vida, aquél que anunció el Ángel diciendo: “Os anuncio un gran gozo”. Christus natus est nobis. Cristo ha nacido para nosotros. Por eso, desde ese momento y para siempre podemos expresar: ¡Feliz Navidad! pues el gozo que nos trae es el inicio de un gozo para siempre.

 

¡Felicidades a todos!

 

Juan Carlos Barradas Contreras

¿Dónde estaba Dios durante el sismo?

September 22nd, 2017

Cuando una persona es jefe de familia, patrón o jefe en el ámbito laboral, o jefe en los ámbitos militares o educativos,  posee la autoridad suficiente para reconvenir a sus hijos o a sus empleados cuando faltan a sus deberes y no se encuentran en el momento preciso para cumplir sus deberes. Generalmente no faltarán expresiones tales como: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas cumpliendo las tareas que se te asignaron? ¿Por qué no cumpliste con tus deberes?”. Queda claro que se tratan de reclamos legítimos que se dirigen del superior al subordinado.

Establecido esto, es evidente que emitir expresiones tales como: “¿Dónde estaba Dios durante el sismo?”. Son expresiones, si no ofensivas –aunque diría que sí lo son-, son por lo menos completamente inapropiadas. Dios no es el empleado, el inferior o el subordinado a los hombres, no puede ser sujeto de reclamos. Emitir tales reclamos es propio de personas ignorantes en materia religiosa y muy rudos de entendimiento.

Cuando surgió la filosofía como tal hace muchos siglos, se desprendió de las filosofías mitológicas o patológicas, filosofías excesivamente sensibles que, partiendo de las emociones vivían bajo la idea de que todos los fenómenos naturales o los acontecimientos humanos, tenían detrás algún dios que lo regía: los rayos tienen detrás a Zeus, los mares a Poseidón, las guerras detrás a Apolo, etc. Los dioses sí que estaban ahí ¡ellos provocaban las cosas!

Cuando la filosofía se desprende o se comienza a desprender de tales imaginaciones, surge la idea de que el Universo está sometido a un orden o logos que permite entender las cosas, que puede ser captado por el logos del entendimiento humano. Los dioses son ajenos a los acontecimientos que siguen su curso por su propia naturaleza.

El hombre puede conocer dicho orden mediante la filosofía, que le otorga al ser humano la sabiduría o conocimiento universal de las cosas, le permite comprender la finalidad y el sentido de las cosas dentro de un orden global. Se convierten en artes liberales, denominadas así porque hacen libres a los hombres, los liberan de la esclavitud del no saber para qué se hacen las cosas. Implica aceptar un orden que existe en las cosas aunque no se conozca el detalle completo de cada acontecimiento.

Por encima de ello, históricamente aparece la idea teológica de que ése orden está regido por Dios, autor de la naturaleza, idea que se expresa en la confianza en Dios que providencialmente lo rige todo, dándole el ser al Universo y el ser a todas las cosas que se encuentran en sus manos, aunque ha dejado al Universo regido por leyes que el hombre puede conocer y utilizar en su favor. Dios no está directamente en cada cosa.

Cuando se hacen expresiones del tipo “¿dónde estaba Dios cuando ocurrió esto o aquello?”, se exige el conocimiento inmediato del hecho concreto y se olvida la visión universal. Se niega a Dios y su presencia porque a menudo la expresión “¿dónde estaba Dios?” se hace para enfatizar que, como no se ve su acción, entonces no está. Negarlo es negar la trascendencia, un sentido más allá de lo inmediato.

Al caer en esta óptica, se pierde la confianza en la razón, se pierde fe en la presencia de Dios y no se ve más que aquello concreto. Es una forma de rehusarse a ver las cosas, porque se cree ver y sólo se alcanza a ver aquello que escasamente está frente a quienes tales cosas piensan, algo no más allá de sus propias narices.

Y, por cierto, ¿dónde estaba Dios durante el sismo? Dónde es lógico –propio del logos- que estuviera: fortaleciendo, confortando a los hombres para enfrentar las adversidades, consolando a los que sufren y acompañando a los que fallecieron, porque esta vida no es la única, sino que hay una trascendencia.

¿Dónde estaba Dios durante el sismo? Donde está ahora: dándoles a los hombres, su ser, su vida, sus capacidades y fortaleza para seguir adelante. Sin Él nada podríamos ni obrar, ni ser. ¿Alguien se siente capaz de reclamarle?

Hasta la vista.

Juan Carlos Barradas Contreras

¡Feliz Navidad 2016!

December 24th, 2016

 

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“En la navidad no celebramos el día natalicio de un hombre cualquiera, como los hay muchos. Tampoco celebramos simplemente el misterio de la infancia o de la condición de niño.

Si nosotros no tuviéramos otra cosa que celebrar que sólo el idilio del nacimiento de un ser humano y de la infancia, entonces en último extremo no quedaría nada de tal idilio. Entonces nada tendríamos que contemplar más que el morir y el volver a ser; entonces cabría preguntarse si el nacer no es algo triste, puesto que sólo lleva a la muerte. Por eso es tan importante observar que aquí ha ocurrido algo más: el Verbo se hizo carne.

<Este niño es hijo de Dios>, nos dice uno de nuestros villancicos navideños más antiguo. Aquí sucedió lo tremendo, lo impensable y, sin embargo, también lo siempre esperado: Dios vino a habitar entre nosotros. Él se unió tan inseparablemente con el hombre, que este hombre es efectivamente Dios de Dios, luz de luz y a la vez sigue siendo verdadero hombre.

Así vino a nosotros efectivamente el eterno sentido del mundo de tal forma que se le puede contemplar e incluso tocar (Jn 1,1)… (El sentido) Está pensado para cada uno de una manera totalmente personal. Él mismo es una persona: el Hijo de Dios vivo, que nació en el establo de Belén… Él tiene tiempo para mí, tanto tiempo que hubo de yacer en un portal y que permanece siempre como hombre”.

(Josef Card. Ratzinger)

 

¡Cristo ha nacido para ti, para mí, para todos!

¡Muy feliz navidad a todos! ¡Felicidades!

 

Juan Carlos Barradas Contreras

Mildred Elena Barrios Matos

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¿Qué significa festejar?

December 19th, 2016

En estos días decembrinos es buen tiempo para reflexionar sobre el significado de hacer fiesta por algo. Hacemos fiesta por todo: por cumpleaños, por XV años, porque los cumpleaños con múltiplos de cinco son “más especiales” que los otros-; por aniversarios matrimoniales, por graduaciones o término de ciclos, porque alguien logró un objetivo, o por lo que sea. ¡Vaya! Hasta de los perritos se dice que “festejan” o “le hacen fiestas a su amo cuando llega”. El caso es que festejar es algo propio del ser humano y se lo atribuimos hasta a los animales.

Pero… ¿cuál es la esencia de hacer fiesta por algo? Una fiesta supone siempre una multitud de cosas. Una reunión de personas. Y esa reunión de personas va a compartir alimentos y bebidas. Van a estar en un sitio en que se reúnen y los alimentos por compartir generalmente serán especiales y no faltará el pastel de celebración que hace de ella algo dulce. Algo que hay que añadir son los regalos, los presentes que se otorgan a quienes son los promotores del festejo.

Todo esto resulta accidental. La esencia del festejo no está ahí. Se festeja algo porque se contempla la bondad del acontecimiento festejado para todos los presentes. Es algo bueno. Algo que hay que celebrar, es decir, hacer público para todos porque todos nos beneficiamos de ello. Un cumpleaños, por ejemplo, es un acontecimiento de alegría, todos nos alegramos por el nacimiento, por la existencia de quien cumple años, que está presente en este mundo y que todos disfrutamos de él.

Se puede festejar en grande aunque sea algo que no se manifiesta en lo exterior con celebraciones. También puede suceder a la inversa. Se pueden realizar grandes celebraciones aunque no se festeje algo, o se olvide el motivo o simplemente se tome como pretexto para “festejar” de manera externa o accidental con banquetes y abuso de bebida. A veces, por ejemplo, se felicita a alguien por su cumpleaños aunque no nos interese tal persona. Festejar algo realmente es hacerse partícipe del motivo o, al menos, reconocerlo y respetarlo a pesar de no hacerlo propio.

Esto explica los regalos. Se dan presentes a quien festejamos porque esperamos que el festejado los acepte; y, esto último es una forma de disfrutar de él y de que él se entregue a nosotros, haciéndonos presentes. O se intercambian regalos significando que todos participamos de igual manera del motivo de alegría que para cada uno es el mismo en la misma proporción. Los regalos también significan, implican dar lo mejor de nosotros mismos, ofrecemos nuestros dones, nuestro ser a aquello que descubrimos, que festejamos como algo bueno, como nuestro bien.

Es oportuno recordar todo esto ante los presentes festejos de Navidad. Celebramos el nacimiento de Dios hecho Hombre en el niño Jesús. Un acontecimiento eminentemente cristiano y religioso. Acontecimiento cuyo alcance es a toda la humanidad y que deberían festejar todos, porque es un acontecimiento que trae a todos bien, paz, alegría y armonía. Quizás no todos lo acepten, pero en el fondo todos saben que es así. No habrá que desaprovechar la oportunidad de recibir tan grandes dones. Dios no sólo se aproxima a la historia humana, se vuelve una parte más del hombre y su historia y le da sentido.

Es un hecho histórico para todos, si bien no todos ni lo creen, ni lo aceptan. Es su decisión. Hoy ha sido rebajado por muchos a una fiesta en que se felicitan sin el nacimiento, sin el motivo. Triste realidad. Sin embargo, una cosa hay que reconocer: se le vacía de su sentido, no se le reconoce, no se cree, pero es tan grande que… ¡es preciso seguirlo festejando les guste o no! ¡lo comprendan o no!

Así que no diré felices fiestas sino ¡Feliz Navidad a todos!

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

[email protected]

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¿Qué harías si no tuvieras miedo?

December 5th, 2016

El análisis del miedo nos hace ver que se presenta ante un mal ausente, pero pese a su lejanía, nos causa zozobra porque, de presentarse, es mayor a nuestras fuerzas y/o es difícil de vencer, o es imposible de superar, por ello le tememos, nos causa gran inquietud la posibilidad de que se presente.

Para algunos, perder el empleo, por ejemplo, es motivo de gran miedo, sin él no sabrán qué hacer, cómo satisfacer sus necesidades, cómo conseguir otro. Para los más jóvenes, perder la universidad, sea por perder su beca o reprobar, es motivo de mucho temor, les parece que su vida ha acabado.

Por otra parte, hay que reconocer que todos tememos algo. No habrá alguien que realmente pueda afirmar que no tiene miedo a algo. Afirmarlo, o es mucha jactancia o gran temeridad o, en realidad, una forma de ocultar un gran miedo.

Hay que afirmar que tener miedo es algo útil. Una vida sin miedos nos dejaría indefensos ante una multitud de males posibles que, al no temerlos, enfrentaríamos sin más: animales agresivos, peligros reales al manejar autos o motocicletas, riesgos innecesarios que conduciría probablemente a la muerte. No se puede vivir sin miedos.

El inconveniente de los miedos es que, los miedos paralizan las acciones. Mientras más grandes son, más débiles se sienten quienes los experimentan y menos quieren moverse o actuar. Conducen a la inacción.

Al mismo tiempo, se puede considerar que los miedos revisten un carácter positivo para quien los experimenta. No el ya mencionado beneficio de servir de protección ante posibles males que la excesiva temeridad lleva a enfrentar sin precaución, sino el hecho de que los miedos pueden estimular a la persona a enfrentarlos, a superarlos y, con ello, desarrollar cualidades o talentos ocultos. Tener miedo a hablar en público estimula a la persona a mantenerse activo y a actuar con decisión. Los miedos pueden convertirse en un acicate para crecer y actuar. ¡Los miedos hay que aprovecharlos!

La pregunta que más nos interesa es ¿cómo se vencen los miedos? Una de las primeras maneras es: actuando. Los miedos aumentan cuando la persona se queda pasiva, esperando a ver qué sucederá. El miedo ha surgido porque experimenta un sentimiento de debilidad, de indefensión, mismo que crecerá si permanece sin actuar, porque la imaginación y la obvia falta de resultados, harán sentir que se es incapaz, poco fuerte e inútil para conseguir las cosas. Si no actúas más miedo sentirás. Por tanto, hay que actuar en consecuencia, no dejar de intentar y de obrar. Ésa es una solución para comenzar a combatir los miedos.

Sin embargo, hay un factor mayor que nos ayuda a vencer los miedos. Ya se ha dicho que con la pasividad aumentan y, si es así, habrá que actuar. Sólo que a menudo ocurre que la gente no se mueve o está paralizada por el miedo, también está instalada en la inacción por la conformidad, por la comodidad. ¿Cómo se puede combatir esto?

Una forma de combatir los miedos es fomentar la acción motiva por algo mucho mayor, por algo que realmente se ame y se quiera alcanzar. Así, si el miedo nos paraliza, el amor nos impulsa a vencerlo. Todo es cuestión de enamorarse de un ideal, de una meta, de un objetivo. Eso nos hará mirar, no aquello que provoca los miedos, sino estar orientados a algo que nos mueve a actuar. Así, si tengo miedo a relacionarme con la gente, lo que debo fomentar es el amor a una causa que me haga pasar por encima de ello, como el afán de servicio, el trabajo en favor de una causa noble. La clave es siempre el amor. ¿Temes? No dejes de temer, pero ama mucho más. El objeto de amor te hará pasar por encima de todos los temores.

Así, pues, sólo queda una pregunta: ¿Qué harías si no tuvieras miedos infundados? Y, sólo hay una respuesta: Vivir.

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

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Se aproxima el Rey

November 27th, 2016

Uno de los sentimientos humanos más hermosos y excitantes es el gozo que antecede a la llegada de un evento altamente deseado o esperado como es el nacimiento de un hijo, la entrada a esa casa nueva que tanto esfuerzo costó, ese día de cumpleaños acompañado de una magnífica fiesta, el estreno de un vehículo nuevo, la llegada de ese familiar tan querido, etc.. La expectativa de algo que para nosotros significa un anhelado deseo cumplido hace que se dispare una emoción única y poderosa que transforma el momento de vida en un espacio sublime de perfección, ya que olvidamos todas las dificultades experimentadas para lograr ese fin. Pareciera ser que todo el organismo se pone de fiesta y se prepara para recibir el regalo materializado desde lo más profundo del corazón.

Cuando esa espera se ve acompañada por más personas para las cuales también posee un sentido especial, la vivencia se ve multiplicada exponencialmente, ya que todos participan de su emoción y la expectativa crece inundando el momento, despertando los más bellos sentimientos humanos hacia los demás. La energía resultante podría iluminar el planeta entero si fuera posible transformarla en luz. Aún las personas que con recelo han observado el fenómeno desde fuera, no quedan exentas de participar de la experiencia, aunque no siempre de una forma positiva. De cualquier modo, todos resultan afectados por el nuevo aire que se respira cuando algo grandioso está por acontecer.

Las personas que han participado de eventos de este tipo pero relativos a la espera de personajes que por su investidura resultan altamente importantes en la historia, destacan que existe una añadidura al mundo de emociones experimentadas: la sensación de que se trata de un ser especial les hace sentir su pequeñez, mas no en un sentido negativo, sino que da la impresión de estar ante un acontecimiento único del cual se hablará por los siglos, constando que la presencia de cualquiera de los ahí presentes ha significado un extraordinario regalo que añade a su historia una de los más grandes recuerdos.

Si este advenimiento resulta de tal magnitud cuando se trata de personas muy importantes para la humanidad, imaginemos cuando el esperado es un rey. La mayor parte de la humanidad concluye sus días sin haber experimentado jamás la presencia, cercanía o acompañamiento de un monarca, dado que se trata de un líder cuya existencia es altamente cuidada y no siempre expuesta al público. Sin embargo, y teniendo en cuenta las huellas cognitivas que poseemos acerca de la magnificencia de un soberano –experiencia extraída de los libros de cuentos que nos acompañaron en la infancia-  no es difícil imaginar que la oportunidad de estar cerca de uno resulta todo un acontecimiento difícil de describir.

¿Y si el aguardado es un dios? No puedo imaginar lo que experimentaron las personas que rodearon, en su momento, a hombres venerados como deidades tales como los del antiguo Egipto, o Buda, o los avatares hindúes. El poder compartir el aire que respiraban debió ser, sin duda, una circunstancia que marcó la vida de muchos y significó un parte aguas en sus existencias. Y hasta aquí me he referido a personas humanas consideradas como dioses…

Ahora, ¿y si el esperado es un Dios –con mayúscula- nacido Dios desde la eternidad (no un hombre elevado a dios), creador de todo lo existente –incluyéndonos- motor de todo lo que se mueve, con naturaleza de amor, omnipotente, omnipresente, luz perpetua, inmortal, infinito, inmutable, incomparable, inescrutable (no se le puede llegar a conocer por completo), omnisciente (conocedor del pasado, presente y futuro), perfecto, justo, único, Trino, santo, afable, y además dispuesto a acercarse a tu existencia, a adoptarte y a acompañarte cada día de tu vida, sosteniéndote y regalándote lo que necesitas para perfeccionarte? Esta experiencia, por su dimensión, sólo puede explicarse y describirse desde cada alma que la vive. Escapa a mi intelecto el encontrar las palabras que definirían con cierta cercanía esta vivencia única de un Dios que me busca a mí de manera personal, sin importar mis límites o defectos, mi condición social o económica. Esto sólo puede entenderse permitiendo la experiencia y dejándose amar por Él.

Una humilde mujer de Nazareth vivió por primera vez esta condición de espera hace más de 2000 años. En su vientre albergó al Dios que, en su infinita bondad, buscó al hombre para salvarlo. Porque cabe aclarar: este Dios de dioses se hizo hombre para poder redimir a todas sus creaturas y regalarles el Cielo. Nunca antes se había escuchado acción tan portentosa.

Muchos no creen en Él pero resultan afectados por Su Presencia. Su sol surge para todos…también para ti. Este domingo iniciamos su Adviento, la espera única de su llegada, que implica una preparación para recibir al Rey de reyes. Él viene para ti y tocará a tu puerta. Ojalá lo recibas como se merece porque…viene a salvarte de nuevo…y a quedarse contigo. ¡Preparemos el camino! ¡Renovemos el alma y vistámosla con traje de virtud!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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