Surrexit sicut dixit!

¡Resucitó como lo dijo!

Celebramos con gran gozo la resurrección de nuestro Señor Jesucristo que posee una obvia implicación de alegría: Ha traspasado las puertas de la muerte rompiendo sus barreras. Y las ha abierto no para Él mismo –de hecho Él no necesitaba abrirlas para sí mismo, pues Él es la vida-, las ha abierto para todos.

Es un acontecimiento de vida que se remite a la vida eterna, pero que posee una implicación de vida para todos, para esta vida temporal en todos sus ámbitos. La vida eterna ha comenzado ya desde ahora al saber que caminamos hacia allá y, que lo que hagamos aquí, posee un enorme sentido al saber que las cosas no acaban con la muerte y que la vida es para siempre.

Es un mensaje de vida eterna que levanta al hombre de su muerte ya que el hombre puede morir de muchas maneras, no únicamente cuando su vida temporal se acaba sino que:

Muere al abandonar las ilusiones y las esperanzas; al creer que su vida termina aquí y que ya no hay más horizontes. Cuando se encierra en el dolor y el sufrimiento olvidando su valor de purificación, de transformación personal y social, de desarrollo humano y espiritual.

Muere cuando renuncia a sus propios ideales, valores y principios cuando expresa y actúa bajo la idea de que: “todos lo hacen así”; “siempre se han hecho las cosas de este modo”; “¿qué más da”?; “nadie va a saber si obro bien o mal o no les importa”.

Muere el hombre cuando se encierra en una vida de confort, de bienestar, centrado en placeres, en cosas materiales, en poder, en influencia, no teniendo mayor meta que “pasarla bien”.

Muere el hombre cuando olvida que en este camino los demás caminan junto a él en la misma ruta, pero no sólo simplemente anexos, sino como compañeros de viaje, como un equipo que se apoya, se acompaña, se sostiene y no se puede olvidar la solidaridad.

Muere el hombre cuando dejan de estar a su alcance los bienes humanos. La verdad para su inteligencia; la bondad para su voluntad; la belleza en todos los órdenes.

Muere el hombre cuando deja de lado respetar la vida, tanto la naciente en los bebés, como la que termina en nuestros ancianos. Cuando deja de respetar la vida del otro, asesinándolo en su cuerpo o en su alma, cuando no se respeta más su propia dignidad y la de los demás.

Muere el hombre cuando se siente derrotado, cuando ya no quiere caminar más, cuando no quiere volver a empezar, ni levantarse. Muere el hombre cuando se desprecia a sí mismo, cuando insiste neciamente en que el planeta sería un lugar mejor –mejor ¿para quién?- sin el hombre.

En fin, el rostro de la muerte tiene muchas caras, caras tristes y ceñudas. Pero hoy se nos presenta el rostro de la vida. Cristo Jesús resucitó y viene a transformarlo todo si la persona lo acepta de todo corazón abriéndole su corazón y su vida para aceptar su presencia.

Cristo resucitó. Resucitar (Surgere) ya es parte de nuestra vida. Hoy es nuestro día.

¡Felices Pascuas de Resurrección a todos!

¡Sean muy felices!

Hasta la vista.

Juan Carlos Barradas Contreras

[email protected]

Resurrección

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One Response to “Surrexit sicut dixit!”

  1. Elena says:

    La muerte es un tema bastante interesante, del que se toma una postura con base a la formación, perspectiva y valores propios y sobre todo a la fe de cada uno.
    Podríamos decir, a grandes rasgos que hay quienes mueren incluso antes de que su corazón deje de latir, que hay quienes absurdamente, ya estan muertos, aunque siguen con vida. Lamentable pero cierto, cuando se abandonan la ilusiones, el sentido, la fe, la esperanza, el gozo de vivir, es como si estuvieramos atravesando por una terrible enfermedad que nos lleva a la muerte en vida.
    Sin embargo no es una enfermedad incurable, ya que podemos recuperarnos de ella, aunque no es tan fácil, pero si es posible… el antídoto viene de Dios.
    Por otra parte, considerando que la muerte física, es el inicio de una nueva etapa de nuestro ser, cabe preguntarnos cómo nos estamos preparando para ella y cuál es nuestro objectivo al respecto. Si creemos en el día del juicio personal y del juicio final, debemos ser cuidadosos de nuestra vida, obras y acciones, por pequeñas que parezcan.
    Si por el contrario vemos la muerte como un fin de nuestra existencia, probablemente no nos importe o ni siquiera creamos en que hay un después, un para siempre… que habrá una vida eterna.
    Es complejo probar que es de una u otra manera, presentar evidencias objetivas y mucho menos científicas. Nuestros únicos argumentos se derivan de nuestra propia experiencia y convicción. Incluso puede suceder que, a lo largo de la vida nuestra visión, intuición y concepción sobre la muerte vaya teniendo cambios.
    Lo esencial es detenernos, hacer una pausa en nuestras entretenidas y ocupadas vidas y cuestionarnos sobre nuestras creencias en torno a la muerte y procurar vivir de acuerdo a ellas.

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