El milagro de la luz

La luz es la verdad sobre el ser, una esfera bien redonda –según Parménides- que ha de entenderse como algo pleno y perfecto; no tiene líneas interrumpidas ni trayectos iniciados y luego rotos. Desde siempre se comprende que la luz es una de las representaciones más claras de la verdad y el camino para adquirirla. No en vano, los seres humanos estamos diseñados para vivir en la luz, ya que la permanencia en las sombras (físicas o mentales) nos llevaría a la aparición de una serie de enfermedades, limitaciones que acabarían sumiéndonos en una profunda depresión.

Cuando se vive en la luz hay posibilidades de descubrir todas las cosas y en múltiples matices. Si bien por el tacto nos pueden ser reveladas formas y texturas, sólo mediante una claridad intensa podemos ver la amplia de colores que pintan la naturaleza ya que, de otro modo -con escasa luz- sólo distinguiríamos las cosas en blanco y negro. Así ocurre con las personas: cuando emanan luz propia podemos detectar en ellas una enorme variedad de aspectos de su persona y en diferentes matices, sabiendo que lo que estamos descubriendo en ellas es confiable y no una sombra difusa de lo que son. Mientras más oscuras, menos probabilidad tenemos de descubrir la verdad en ellas, y sólo alcanzamos a verlas en blanco y negro. Ellas mismas ignoran, muchas veces, la policromía de su personalidad.

Por otra parte, sabemos que la luz se propaga a diferentes velocidades según el medio por el que viaja. Esto hace que se produzca el fenómeno de refracción por el que la luz puede descomponerse en sus elementos que la conforman (colores) cuando atraviesa un medio de caras no paralelas como sería un prisma. Pues bien, si asemejamos los colores con las manifestaciones emocionales de las personas, resulta que existen seres humanos “arcoíris”, capaces de revelarnos la profundidad de su alma con infinita claridad amando, sufriendo, alegrándose, doliéndose, entregándose; mientras que, por otra parte, están las personas que, si tenemos suerte, podremos conocer de ellas un solo color emocional, mismo con el que matizan todos los aspectos de su existencia, tornándola trivial y descolorida.

Otra característica interesante de la luz es que siempre se propaga en línea recta, proyectando sombras a espaldas de los objetos con los cuales choca. Así es el corazón de las personas llenas de luz: su iluminación se propaga en línea recta hacia el alma de los que la rodean. Cuando su luminosidad llega al otro, puede proyectar sombras sobre sus aspectos ocultos invitándole a remover todo aquello que impide ver con nitidez su interior. Esto explica la experiencia espiritual profunda del hombre que, ante el conocimiento de Dios, le es imposible ocultar el interior de su alma, misma que queda expuesta completamente ante la luz divina.

La luz tiene también efectos fotoquímicos que hacen posible, por ejemplo, la fotosíntesis en las plantas, proceso que permite la formación de azúcares. La energía lumínica de las personas sobre otras tiene la propiedad de iniciar reacciones internas que transforman elementos inactivos en síntesis de nuevos elementos capaces de generar algo que no existía en el ser que resulta iluminado. La única condición es que las personas se dejen alumbrar y no se cubran impidiendo el beneficio de esa luz. Si tan sólo decidieran probar lo que ocurre en sus vidas al admitir este fulgor, se sorprenderían de los resultados cuando sus existencias resulten positivamente impactadas y transformadas.

Podríamos seguir comentando de las múltiples cualidades de la luz y llenaríamos páginas completas de los impresionantes fenómenos a los que da lugar. Pero aquí quiero únicamente puntualizar que admitir la luz y sus beneficios en nuestras vidas en cuestión de una decisión personal. No nacimos con luz; la adquirimos el día que La Luz nos la regaló como una donación gratuita y amorosa para que, a su vez, nosotros la transmitamos a otros multiplicando sus bienes. El  milagro de la luz sólo es posible si queremos que ocurra. Sin embargo, el regalo no es impuesto; requiere de la aceptación de nuestra parte y el deseo auténtico de mostrar y transformar nuestras vidas. Para admitir esa luz transfiguradora hay que perder el miedo al descubrimiento personal, a la actualización de las grandes potencias que se encuentran en nuestro interior y a la posibilidad de hacer algo diferente, audaz, que encienda la llama de las personas que nos rodean. Encender mi luz implica tomar lo mejor de mí y ofrecerlo al otro.

La causa primera, el Sol del cual procede toda luz, sigue brillando en el firmamento de nuestras vidas en espera de que solicitemos su donación. La luz puede hacer la diferencia entre lo común y lo extraordinario, simplemente porque dependiendo del ángulo que ilumine al objeto permitirá destacar sus bondades o sus defectos. Que la batalla entre la luz y la sombra tenga un luminoso triunfador que, cual vela incandescente, nos participe de su victoria. ¡Ánimo!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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El milagro de la luz

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