El verdadero problema

Siempre llaman la atención los fenómenos sociales y las causas que los originan, máxime en una época en que la credibilidad en las instituciones está en franco descrédito. El hecho de que una nación se una de una manera increíble como lo estamos viviendo hoy en México para enarbolar la defensa de la familia natural, nos ofrece una oportunidad de analizar el contexto en el que dicho fenómeno se desarrolla y el motor que hace que más de un millón de personas en México hayan salido a las calles a externar su punto de vista de una manera libre y contundente.

El gobierno, en voz de su titular el Presidente Peña Nieto, lanza una iniciativa para legalizar el matrimonio igualitario, lo cual, a simple vista, no tiene más inconveniente que el que a esta unión se le llame “matrimonio”, cosa que no aplica por no ser gestora de vida. El problema no está ahí, pero ha existido mucha habilidad para hacer creer que sí, de tal forma que todos los ciudadanos se centren en este punto, dejando de lado lo que verdaderamente representa todo un atentado al futuro del país que es la adopción de niños por parte de parejas en estas condiciones, así como la educación bajo los criterios de la ideología de género que el gobierno pretende imponer en los ámbitos educativos.

La presencia y aplicación de este sistema en otros países ha demostrado ampliamente su total fracaso como impulsor de una sociedad más ordenada, libre, incluyente y, por supuesto, feliz. Baste revisar las cifras de los estudios realizados con seriedad para comprender lo que conlleva el ejercicio de este tipo de ideología. La realidad, imposible de desfigurar o descartar por simple capricho, se impone aplicando sus consecuencias a los desatinos de esta tendencia. Los resultados: niños confundidos, faltos de una identidad que les permita reconocerse como pertenecientes a un determinado sexo y sus implicaciones; hijos resentidos por la falta de uno de los progenitores, lo cual hizo que no tuvieran acceso al aporte y modelaje de ese sexo, por lo que no completan su desarrollo de una manera exitosa y, por ende, no saben cómo comportarse en la edad adulta; niños depresivos, insatisfechos, inadaptados, que viven en un sufrimiento perpetuo que, muchas veces, los conduce al suicidio; niños que generan una violencia interior por la falta de seguridad que les da el sentirse sin ataduras y límites, lo cual los induce a prácticas delictivas como desahogo de sus múltiples frustraciones; adolescentes que acaban adquiriendo enfermedades sexuales a muy temprana edad, debido a la ausencia de autocontrol favorecido por la enseñanza prematura del uso de una sexualidad sin censura; niños y adolescentes que buscan en las drogas un escape a su angustiosa situación; en fin, niños infelices que sirvieron a sus padres adoptivos -homosexuales o lesbianas- como satisfactores de una necesidad imposible de saciar como es la maternidad, sin que se pensase en ellos como los receptores de una “formación deformada” que pretendía ser liberadora y que únicamente los llevó a la más cruda de las esclavitudes.

Insisto mucho en lo siguiente: no es el homosexual o la lesbiana el problema. No es su interés en legalizar su unión. El verdadero problema es que traten de equiparar su acuerdo nupcial con el de un matrimonio heterosexual y que pretendan venderlo como la mejor opción para educar y formar a nuestros niños.

Si los niños son el futuro de cualquier país, si de su salud mental dependerá el tipo de nación que tendremos en los años venideros, estamos ante un peligro eminente que hay que detener para evitar para salvaguardar el destino de México. La modernidad no implica la pérdida absoluta de la moral como criterio para la elección de la forma de educar a los ciudadanos. Y aclaro que la moral no es religión. Se trata de una ciencia perfectamente instituida y reglamentada con un objeto de estudio que se refiere al acto humano como bueno o malo de acuerdo a la naturaleza. No es posible eliminar de tajo lo que ha permitido la multiplicación de los seres humanos y su desarrollo, con tal de favorecer los deseos de un sector poblacional cuyas necesidades no son resueltas por ir en contra de la naturaleza.

La factura de una sociedad que impide que sus ciudadanos crezcan en las condiciones óptimas, será cobrada en los años próximos. Y la pagaremos todos…. Es tiempo de alzar la voz y defender a nuestros niños, a la familia natural que es la única que participa con todas las condiciones para el sano desarrollo de los pequeños. Si la familia actual pasa por dificultades de integración, enfoquemos todos los recursos para apoyarla y evitar su sufrimiento. Hagamos todo lo que esté de nuestra parte, dependiendo de nuestra especialidad, para potencializar sus recursos y hacer crecer a sus miembros. Esto constituye un deber, máxime después de que catastróficas iniciativas pretenden eliminar de tajo una institución generada desde que el hombre fue creado como tal.

La invitación es a investigar, a conocer cuál es el verdadero problema y no dejarse engañar o manipular. Finalmente, de las decisiones gubernamentales que hoy permitamos dependerá la sociedad que viviremos en breve. En nuestras manos está marcar la diferencia. ¡No te quedes callado!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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