¿Dónde estaba Dios durante el sismo?

Cuando una persona es jefe de familia, patrón o jefe en el ámbito laboral, o jefe en los ámbitos militares o educativos,  posee la autoridad suficiente para reconvenir a sus hijos o a sus empleados cuando faltan a sus deberes y no se encuentran en el momento preciso para cumplir sus deberes. Generalmente no faltarán expresiones tales como: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no estabas cumpliendo las tareas que se te asignaron? ¿Por qué no cumpliste con tus deberes?”. Queda claro que se tratan de reclamos legítimos que se dirigen del superior al subordinado.

Establecido esto, es evidente que emitir expresiones tales como: “¿Dónde estaba Dios durante el sismo?”. Son expresiones, si no ofensivas –aunque diría que sí lo son-, son por lo menos completamente inapropiadas. Dios no es el empleado, el inferior o el subordinado a los hombres, no puede ser sujeto de reclamos. Emitir tales reclamos es propio de personas ignorantes en materia religiosa y muy rudos de entendimiento.

Cuando surgió la filosofía como tal hace muchos siglos, se desprendió de las filosofías mitológicas o patológicas, filosofías excesivamente sensibles que, partiendo de las emociones vivían bajo la idea de que todos los fenómenos naturales o los acontecimientos humanos, tenían detrás algún dios que lo regía: los rayos tienen detrás a Zeus, los mares a Poseidón, las guerras detrás a Apolo, etc. Los dioses sí que estaban ahí ¡ellos provocaban las cosas!

Cuando la filosofía se desprende o se comienza a desprender de tales imaginaciones, surge la idea de que el Universo está sometido a un orden o logos que permite entender las cosas, que puede ser captado por el logos del entendimiento humano. Los dioses son ajenos a los acontecimientos que siguen su curso por su propia naturaleza.

El hombre puede conocer dicho orden mediante la filosofía, que le otorga al ser humano la sabiduría o conocimiento universal de las cosas, le permite comprender la finalidad y el sentido de las cosas dentro de un orden global. Se convierten en artes liberales, denominadas así porque hacen libres a los hombres, los liberan de la esclavitud del no saber para qué se hacen las cosas. Implica aceptar un orden que existe en las cosas aunque no se conozca el detalle completo de cada acontecimiento.

Por encima de ello, históricamente aparece la idea teológica de que ése orden está regido por Dios, autor de la naturaleza, idea que se expresa en la confianza en Dios que providencialmente lo rige todo, dándole el ser al Universo y el ser a todas las cosas que se encuentran en sus manos, aunque ha dejado al Universo regido por leyes que el hombre puede conocer y utilizar en su favor. Dios no está directamente en cada cosa.

Cuando se hacen expresiones del tipo “¿dónde estaba Dios cuando ocurrió esto o aquello?”, se exige el conocimiento inmediato del hecho concreto y se olvida la visión universal. Se niega a Dios y su presencia porque a menudo la expresión “¿dónde estaba Dios?” se hace para enfatizar que, como no se ve su acción, entonces no está. Negarlo es negar la trascendencia, un sentido más allá de lo inmediato.

Al caer en esta óptica, se pierde la confianza en la razón, se pierde fe en la presencia de Dios y no se ve más que aquello concreto. Es una forma de rehusarse a ver las cosas, porque se cree ver y sólo se alcanza a ver aquello que escasamente está frente a quienes tales cosas piensan, algo no más allá de sus propias narices.

Y, por cierto, ¿dónde estaba Dios durante el sismo? Dónde es lógico –propio del logos- que estuviera: fortaleciendo, confortando a los hombres para enfrentar las adversidades, consolando a los que sufren y acompañando a los que fallecieron, porque esta vida no es la única, sino que hay una trascendencia.

¿Dónde estaba Dios durante el sismo? Donde está ahora: dándoles a los hombres, su ser, su vida, sus capacidades y fortaleza para seguir adelante. Sin Él nada podríamos ni obrar, ni ser. ¿Alguien se siente capaz de reclamarle?

Hasta la vista.

Juan Carlos Barradas Contreras

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