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¿Por qué deseamos Feliz Navidad a todos?

Saturday, December 30th, 2017

(Una reflexión para todo el año)

La pregunta formulada: ¿por qué le deseamos feliz Navidad a todos? Algo que hacemos tanto al creyente como al descreído, al indiferente, al ateo, al ajeno, al pagano, al que no comparte nuestra fe e incluso al antiteo, es algo que forzosamente tiene una respuesta religiosa, no podría ser de otro modo, la esencia de la Navidad es religiosa.

La respuesta se encuentra considerando cuatro momentos distintos en los que Dios se hace presente en la naturaleza del hombre. Analizarlos nos da la respuesta, respuesta que incluso es para toda nuestra vida, no únicamente para las fiestas decembrinas, pues el año litúrgico para la iglesia comienza con el tiempo de adviento y la Navidad, es el inicio de las posteriores celebraciones hasta llegar a la Pascua de Resurrección que se traducen en vida cotidiana en el tiempo ordinario.

En primer lugar habrá que remontarse a los orígenes. Afirma el libro del Génesis que “en el sexto día Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, varón y mujer los creó”. No significa que Dios tenga ojos, nariz, boca y extremidades, sino a la inversa, significa que el hombre, por sus facultades superiores: su inteligencia, su voluntad, su libre albedrío, ser dueño de sí mismo, son algo que muestran la presencia de Dios en la naturaleza humana.

Cuando se oye decir que algunos afirman que se levantaron frente a sus dificultades, sufrimientos o adversidades de su vida y, que lo hicieron únicamente en base a sus propias fuerzas y Dios no estaba por lado alguno, habría que recordarles que eso es falso. Si pudieron enfrentar las cosas es precisamente debido a que Dios estaba en ellos, “no te hagas el maravilloso –habría que decirles-, por ti mismo eres nada y si puedes es porque Dios está en tu naturaleza, de Él eres imagen, Él está contigo”.

De hecho este fue el fallo de Adán y Eva cuando el demonio los sedujo para pecar: “Seréis como dioses” les dijo; y olvidaron que ya eran como tales. Sin embargo, cuando estaban siendo arrojados se les prometió un Redentor.

Esto nos lleva al segundo lugar. “Llegada la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer” y san Juan afirmará en su Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo que le envió su Hijo unigénito”. Es algo tan grande que san Agustín de Hipona afirmará con emoción: “La Encarnación del Hijo de Dios ha honrado ambos sexos”.  El femenino al encarnarse en el seno de una de ellas, lo cual ha engrandecido a ella en concreto –santa María Madre de Dios- y, en ella a todas las mujeres. Y el masculino, al encarnarse en un varón.

Ambos sexos han quedado engrandecidos –lo cual de paso muestra el absurdo de la llamada “ideología de género”-.

Cristo Jesús se ha unido a la naturaleza humana, no en abstracto, sino en cada uno de los hombres que ahora son sus Hermanos. Por eso el dirá “lo que hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicisteis”. Ahora, Dios sí que tiene ojos, nariz, boca,… todo un cuerpo humano. Dios ha sido engendrado como Hijo del Hombre, a imagen del hombre mismo. Dios participa de la  naturaleza humana por increíble que pudiera parecer.

Nos lleva al tercer lugar: nace como Redentor, y como tal, acaba de nacer y ya lo persiguen para darle muerte, lleva la cruz en sí mismo desde su nacimiento. Para llegar 33 años después a aquel viernes Santo que es el aparente triunfo del mundo; en aquel momento sus enemigos podrían decir “Dios ha muerto” porque en efecto ha sido así; pero dura poco tal aparente derrota, pues triunfa inmediatamente, tres días después con su Resurrección y con ello se abre la puerta para que el hombre participe de Dios, ahora no sólo siendo a su imagen y semejanza sino participando del gozo de su presencia a la que es llamado. Se invita al hombre a participar de una manera directa de Dios mismo y se le abren las puertas del Cielo. Se puede atravesarlas aceptando la propia cruz. Nos conduce a considerar un último aspecto de la presencia de Dios en el hombre.

Nos lleva al cuarto lugar: Dice el libro del Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno me abre entraré y cenaré con él”.  Frecuentemente en estos días suele desearse a los demás que “el Niñito Jesús nazca en tu corazón”, deseo que pudiera considerarse aparentemente pueril, demasiado sentimental y lleno de vacía emotividad –asumiendo la paradoja-.

Sin embargo, es algo muy adulto, podría decirse que Dios nace en aquél que hace el esfuerzo firme y viril por cumplir su voluntad. “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” y “al que me ame, mi Padre lo amará y haremos nuestra morada en él”. El hombre es invitado a establecer una relación libre, personal e individual con Dios, como algo estable que definirá la vida del hombre eternamente.

Tan grande es esto que san Juan de la Cruz dirá con santa impaciencia:

“Oh almas criadas para tales grandezas y para ellas llamadas.  ¿Qué hacéis? ¿En qué os entretenéis?  Oh miserable ceguera de los hijos de Adán, pues a tantas luces estáis ciegos y a tan grandes voces sordos”.

Para luego afirmar con enorme audacia:

“Míos son los cielos y mía es la Tierra;  mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores;  los Ángeles son míos y la Madre de Dios. Y todas las cosas son mías y el mismo Dios es mío y para mí,  porque Cristo es mío y todo para mí”.

Así que el motivo de gozo ante la Navidad es uno muy concreto, gozo que debería durar toda la vida, aquél que anunció el Ángel diciendo: “Os anuncio un gran gozo”. Christus natus est nobis. Cristo ha nacido para nosotros. Por eso, desde ese momento y para siempre podemos expresar: ¡Feliz Navidad! pues el gozo que nos trae es el inicio de un gozo para siempre.

 

¡Felicidades a todos!

 

Juan Carlos Barradas Contreras

Se aproxima el Rey

Sunday, November 27th, 2016

Uno de los sentimientos humanos más hermosos y excitantes es el gozo que antecede a la llegada de un evento altamente deseado o esperado como es el nacimiento de un hijo, la entrada a esa casa nueva que tanto esfuerzo costó, ese día de cumpleaños acompañado de una magnífica fiesta, el estreno de un vehículo nuevo, la llegada de ese familiar tan querido, etc.. La expectativa de algo que para nosotros significa un anhelado deseo cumplido hace que se dispare una emoción única y poderosa que transforma el momento de vida en un espacio sublime de perfección, ya que olvidamos todas las dificultades experimentadas para lograr ese fin. Pareciera ser que todo el organismo se pone de fiesta y se prepara para recibir el regalo materializado desde lo más profundo del corazón.

Cuando esa espera se ve acompañada por más personas para las cuales también posee un sentido especial, la vivencia se ve multiplicada exponencialmente, ya que todos participan de su emoción y la expectativa crece inundando el momento, despertando los más bellos sentimientos humanos hacia los demás. La energía resultante podría iluminar el planeta entero si fuera posible transformarla en luz. Aún las personas que con recelo han observado el fenómeno desde fuera, no quedan exentas de participar de la experiencia, aunque no siempre de una forma positiva. De cualquier modo, todos resultan afectados por el nuevo aire que se respira cuando algo grandioso está por acontecer.

Las personas que han participado de eventos de este tipo pero relativos a la espera de personajes que por su investidura resultan altamente importantes en la historia, destacan que existe una añadidura al mundo de emociones experimentadas: la sensación de que se trata de un ser especial les hace sentir su pequeñez, mas no en un sentido negativo, sino que da la impresión de estar ante un acontecimiento único del cual se hablará por los siglos, constando que la presencia de cualquiera de los ahí presentes ha significado un extraordinario regalo que añade a su historia una de los más grandes recuerdos.

Si este advenimiento resulta de tal magnitud cuando se trata de personas muy importantes para la humanidad, imaginemos cuando el esperado es un rey. La mayor parte de la humanidad concluye sus días sin haber experimentado jamás la presencia, cercanía o acompañamiento de un monarca, dado que se trata de un líder cuya existencia es altamente cuidada y no siempre expuesta al público. Sin embargo, y teniendo en cuenta las huellas cognitivas que poseemos acerca de la magnificencia de un soberano –experiencia extraída de los libros de cuentos que nos acompañaron en la infancia-  no es difícil imaginar que la oportunidad de estar cerca de uno resulta todo un acontecimiento difícil de describir.

¿Y si el aguardado es un dios? No puedo imaginar lo que experimentaron las personas que rodearon, en su momento, a hombres venerados como deidades tales como los del antiguo Egipto, o Buda, o los avatares hindúes. El poder compartir el aire que respiraban debió ser, sin duda, una circunstancia que marcó la vida de muchos y significó un parte aguas en sus existencias. Y hasta aquí me he referido a personas humanas consideradas como dioses…

Ahora, ¿y si el esperado es un Dios –con mayúscula- nacido Dios desde la eternidad (no un hombre elevado a dios), creador de todo lo existente –incluyéndonos- motor de todo lo que se mueve, con naturaleza de amor, omnipotente, omnipresente, luz perpetua, inmortal, infinito, inmutable, incomparable, inescrutable (no se le puede llegar a conocer por completo), omnisciente (conocedor del pasado, presente y futuro), perfecto, justo, único, Trino, santo, afable, y además dispuesto a acercarse a tu existencia, a adoptarte y a acompañarte cada día de tu vida, sosteniéndote y regalándote lo que necesitas para perfeccionarte? Esta experiencia, por su dimensión, sólo puede explicarse y describirse desde cada alma que la vive. Escapa a mi intelecto el encontrar las palabras que definirían con cierta cercanía esta vivencia única de un Dios que me busca a mí de manera personal, sin importar mis límites o defectos, mi condición social o económica. Esto sólo puede entenderse permitiendo la experiencia y dejándose amar por Él.

Una humilde mujer de Nazareth vivió por primera vez esta condición de espera hace más de 2000 años. En su vientre albergó al Dios que, en su infinita bondad, buscó al hombre para salvarlo. Porque cabe aclarar: este Dios de dioses se hizo hombre para poder redimir a todas sus creaturas y regalarles el Cielo. Nunca antes se había escuchado acción tan portentosa.

Muchos no creen en Él pero resultan afectados por Su Presencia. Su sol surge para todos…también para ti. Este domingo iniciamos su Adviento, la espera única de su llegada, que implica una preparación para recibir al Rey de reyes. Él viene para ti y tocará a tu puerta. Ojalá lo recibas como se merece porque…viene a salvarte de nuevo…y a quedarse contigo. ¡Preparemos el camino! ¡Renovemos el alma y vistámosla con traje de virtud!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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