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El amor es cosa del alma

Saturday, March 12th, 2016

Actualmente los científicos se esfuerzan por calcular ¿cuánto dura el amor? Sus respuestas varían, suelen ir desde unos meses a un año, los más “exagerados” dirán que tres años. Pero ¿qué significa poner fecha de caducidad al amor? ¿Qué significa afirmar que sólo dura ese pequeño lapso de tiempo? ¿Qué es lo que se está midiendo?

Es sabido que durante el período de enamoramiento, la persona enamorada experimenta múltiples emociones que, como tales, tienen una enorme repercusión fisiológica que se manifiesta de variadas maneras y que han sido comparadas incluso a las repercusiones o influencias que ejercen las drogas sobre el organismo, algunas de ellas son: las llamadas “mariposas en el estómago”; la persona siente que “vuela” o “levita”; “no toca el piso”; “no siente el paso del tiempo sobre él”, o incluso junto al ser amado “un lapso largo de tiempo es sólo un segundo” o, a la inversa, un corto lapso en ausencia del ser amado es “una eternidad” sin él o ella. Es a esto a lo que se le pone fecha de término, semejante al efecto de las drogas cuyo efecto se acaba.

Los investigadores dirán que todo se debe a la llamada “hormona del amor”, la oxitocina que se vuelve “responsable” de las relaciones interpersonales amorosas y de las relaciones sociales en general. Esta hormona favorece la monogamia, las relaciones padres hijos e incluso puede ayudar a romper la conducta autista favoreciendo la apertura a la relación social. En consecuencia, el cerebro y sus procesos, serían el origen del amor y éste último pierde realidad o consistencia.

¿Qué hay de verdad en todo esto? Hay que poner las cosas en su sitio recordando algunas cuestiones básicas de antropología. No es el cuerpo el que determina al hombre, sino el hombre el que determina al cuerpo; y, es el alma la que define a la materia corporal. En palabras más sencillas. No es el cerebro lo que determina la vida y la conducta de los seres vivos y menos la de los seres humanos, sino que es la vida que posee el ser vivo la que determina que el cerebro viva y rija los procesos fisiológicos.

La química cerebral –endorfinas, oxitocina, feromonas- es insuficiente por sí misma para explicar la conducta humana, ya que, entonces, habría que preguntarse ¿por qué está vivo el cerebro? ¿Simple y llanamente por sus procesos químicos? De ser así bastaría estimular al cerebro con química para que viva al modo de la intención del Dr. Frankenstein, lo cual no llega a suceder. El cerebro de un animal irracional ya muerto no sirve para otra cosa que para ¡unos buenos tacos dorados de sesos!  Ya es inútil por sí mismo. Es el alma la que le otorga al cerebro vida y funcionalidad. Y el alma espiritual la que le otorga al cerebro humano la posibilidad de trascender lo puramente sensible o fisiológico con la inteligencia y la voluntad.

La oxitocina podrá explicar los procesos fisiológicos que desencadena el amor, sin embargo, jamás podrá explicar qué es lo que lo desencadena. ¿Por qué súbitamente alguien se identifica en su ser y con todo su ser con el bien del ser amado? Y, posteriormente, ¿por qué repercute eso en su fisiología?

Es verdad una cosa, el enamoramiento como pasión o intensa emoción, disminuye o pasa totalmente, pero el amor como entrega, unión, servicio, permanece. Las parejas que llevan años juntos lo saben. Sin embargo, les queda claro que el enamoramiento pasa, pero el amor permanece, porque sin duda, el amor no es del cuerpo, el amor,… el amor… ¡es cosa del alma!

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

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El poder de la música y el canto

Sunday, February 7th, 2016

Mi abuelo fue un director de orquesta y mi abuela pianista concertista. La música ha acompañado mi existencia desde mi infancia y he podido escucharla desde los famosos discos de acetato hasta los modernos reproductores presentes actualmente en los mercados. La música ha sido el “telón de fondo” e inspiración de muchos de estos artículos, ha tranquilizado mi espíritu angustiado, ha dulcificado mis tareas cotidianas, ha armonizado mis recorridos entre el tráfico, ha envuelto mis más profundas oraciones, incluso ¡ha estado en la sala de quirófano durante mis cirugías! En fin, me es difícil concebir mi vida sin mi melódica compañera.

La música como tal es un reflejo del alma del ser humano. El tipo de música que cada persona prefiere revela lo que hay en lo más profundo de su corazón y le permite transmitirlo en un código que sólo puede ser comprendido por individuos afines a ella. La integración armoniosa de sonido, canto, baile e inspiración, comunican un mensaje que impactan tanto áreas cognitivas como emocionales que hacen que la emisión sea integral y plena, no dejando lugar a dudas de lo que se desea transmitir. El que habla en sinfonía no se guarda el más mínimo detalle de su mensaje.

Es reconocido el poder terapéutico de la música. Suelo poner música suave y relajada cuando atiendo a niños hiperactivos, por ejemplo. Es maravilloso observar cómo van tranquilizándose poco a poco, logrando un acomodo interior que les permite ponerse en contacto con su entorno de una manera equilibrada y tranquila, situación que les permite escuchar y aprender. Por otra parte, si la idea es provocar estimulación ante alguien apagado anímicamente, un poco de música de compases alegres puede lograr excelentes resultados. Del mismo modo, se ha comprobado que la música actúa como un poderoso remedio para males físicos como la hipertensión, modificación de niveles hormonales o apaciguar contracciones estomacales. Cierto tipo de música, dicen los expertos, puede favorecer también un mejor desarrollo del feto.

Unida entrañablemente a la música está el canto. El canto sigue a la música como un ave que se deja llevar suavemente por el viento. Es el contenido textual de la música y le otorga un sentido propio y una expresión que matiza las palabras hasta llevarlas a su máximo significado. “El que canta ora dos veces”, frase atribuida a San Agustín, revela que el que canta alabanzas no sólo alaba sino que lo hace con alegría y con amor a quien le canta. Es un reconocimiento amoroso para Dios y una forma excelente de ponerse en contacto con Él, logrando transitar por una vía hacia lo mejor de uno mismo, hacia una expresión profunda del ser que se dona al Amado. El que canta regala su persona con cosas que no pueden ser expresadas en palabras, logrando el nacimiento de un lenguaje único que se conecta con el corazón del otro. La música revela los sentimientos más profundos que no pueden ser callados pero cuya transmisión resultaría siempre incompleta utilizando las vías comunes.

El ritmo de la música es el ritmo de nuestro corazón. La vibración que produce en nuestro ser armoniza y equilibra nuestra mente y nos permite realizar una conexión única con el entorno. Con la música se favorece un clima que tiende a fomentar la unión. Responde así, a una necesidad de establecer contacto sin barreras, uniones íntimas y de tal calidad que pueden impactar anímicamente en muchas personas y sintonizarlas hacia un fin, rompiéndose el yo y el tú para entonar un especial “nosotros”. La música envuelve y abraza, eleva y amplía el horizonte, conmueve y arrebata el alma que busca volar hacia el que la escucha.

Salvo casos atípicos de personas que padecen amusia (trastornos que inhabilitan para reconocer tonos o ritmos musicales o de reproducirlos), todos podemos recibir los múltiples beneficios de la música, del canto o de ambos. No olvidemos que se trata de un tipo peculiar de lenguaje que surge de la estimulación de múltiples áreas cerebrales y que facilita el desarrollo de habilidades como el aprendizaje y la memoria, al mismo tiempo que fomenta el deseo de contacto con otros mediante vínculos emocionales únicos. Decía Nietzsche que “sin música la vida sería un error”, cosa con la que concuerdo. Así que ¡a escuchar música y a cantar!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos.

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El poder de la música y el canto