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¿Por qué suenan los tambores?

Sunday, September 25th, 2016

Amanece la mañana agradable y húmeda del domingo 25 de septiembre de 2016. Todo está en calma y el silencio envuelve el ambiente apenas perturbado por la actividad de algunos insectos nocturnos que empiezan a retirarse a sus madrigueras. El cielo se observa jaspeado de algunas nubes obscuras después de un buen aguacero en la víspera. Todo anuncia que será un fin de semana como cualquier otro pero…muchas cosas han cambiado desde hace algunos meses y no volverán a ser como antes.

La sociedad mexicana ha despertado y lo ha anunciado a sus autoridades con grandes y sonoros gritos, algo que históricamente nunca se había visto en tal magnitud. Amenazas y provocaciones no han sido suficientes para acallar un clamor que surge desde lo más profundo de una convicción de un pueblo que se siente amenazado en una de sus instituciones fundamentales: la familia. No se trata de apuntar las armas contra los “hermanos separados” sino de exigir al gobierno que respete los principios naturales que envuelven el inicio de la vida humana: el matrimonio heterosexual. Dicho reclamo se ha manifestado desde todos los puntos de la nación y ha generado importantes reacciones que han enfrascado a los mexicanos en un tema que no se deja de lado cada día.

¿Cuál es la solución a este conflicto? Me parece que la respuesta está en legitimar civilmente las uniones entre parejas del mismo sexo otorgándoles los beneficios consiguientes, concediéndoles una sociedad conyugal o el nombre que se considere adecuado para una unión de tal naturaleza; desistir del deseo de que dichas uniones se vean “beneficiadas” con la adopción de niños –cosa que no favorece a los propios menores-; así como abandonar la intención de introducir la maléfica ideología de género en la educación de nuestros niños, con lo cual se lograría salvaguardar los derechos y principios éticos, morales y religiosos que permiten que los padres eduquen a sus hijos como consideren correcto. Y si es tan sencillo y todas las partes quedarían satisfechas, ¿por qué no se toma esa decisión?

Las intenciones gubernamentales a fondo de esta decisión no son claras y existe abundante especulación acerca de las mismas. Sin embargo, es un hecho que obedecen a intereses que rebasan nuestras fronteras y que existen importantes beneficios económicos y de poder detrás de tan absurdas imposiciones. La forma como se llegó a la determinación de una propuesta de ley que reformara el artículo 4 de nuestra constitución, es por demás truculenta y plagada de entuertos legales que pudieran sostenerla. Lo que quizá nunca se pensó por parte de las autoridades es que se estaría lanzando un dardo al tigre…y éste despertó. Convencidos los que ostentan la “balanza de la justicia” de que los mexicanos siempre aceptamos todo sin réplica, nunca esperaron una reacción como la que están viendo hoy en las calles de todo el país. ¿Y ahora? ¿Qué sigue?

No me cabe duda de que los que estamos convencidos –no por necedad sino por elemental sentido común, por conocer los resultados de lo que ha ocurrido en otros países, por principios y por estar al tanto de los derechos fundamentales que nos asisten- de que esta propuesta no tiene ni pies ni cabeza, seguiremos ejerciendo presión hasta que el peligro sea desechado, pero mientras tanto la sociedad se está desgastando por la presión de una minoría que, no por serlo, es menos dañina.

No es posible cambiar los estatutos de derechos de una sociedad por lo que imponga una pequeña fracción de sus miembros, máxime que dicho sector sostiene condiciones que no obedecen a fines naturales. El clamor de las mayorías marca una decisión que en todo país civilizado y democrático tendría que escucharse y dársele toda la importancia que posee. Dicha minoría, ante falta de argumentos que avalen sus propuestas, se han dedicado a atacar, a difamar, a insultar, a provocar, con tal de que pronto surjan mártires que enaltezcan su movimiento. Este camino es profundamente peligroso y lo único que están logrando es mostrar la calidad de su ideología basada en principios insostenibles.

La respuesta final no la tiene el gobierno sino la sociedad misma que avanza a pasos agigantados hacia su fin: defender sus principios naturales para las que fue creada. El medio para lograr tal objetivo no es la violencia pues lo que se sostiene por la realidad no necesita de sangre para probarse. Somos creaturas amadas –de uno y otro sector poblacional- por un Creador que es dueño de la historia. Hagamos lo que nos toca confiando en que Él está detrás de todo. ¡Ánimo!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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¿Avanzamos o retrocedemos?

Sunday, April 10th, 2016

Antiguamente –y muchos aún lo hacen así-, se explicaban las cosas mitológicamente, lo cual supone que parcial y muy confusamente, las cosas poseían un orden que a su vez era provocado por la intervención de los dioses, aunque ellos mismos estaban sometidos a tal orden. Los dioses, el orden del destino y las reglas del Universo eran un tanto “caóticamente ordenadas”. En la mitología griega, las cosas dependen de la voluntad de los dioses, de su estado de ánimo y del destino.

Durante el florecimiento de la filosofía griega comienza la ruptura de la mentalidad mitológica para darse una sed del saber al alcance del hombre porque las cosas poseen una razón o logos. Este logos es la ley, el orden, la naturaleza. Las cosas suceden dentro de un orden preciso que otorga al hombre el conocimiento de causas y principios. La naturaleza no imita la conducta del hombre; es el hombre quien conoce la naturaleza y en función de ello puede relacionarse e incluso prever el surgimiento de las cosas que siguen un orden preciso al que se obedece. Ha surgido la ciencia fruto de la inteligencia humana.

Al llegar la Edad Media el hombre se eleva aún más. El ansia de saber de los griegos se sublima con la profunda aspiración, no sólo de saber, sino con la búsqueda de la contemplación de las cosas desde una óptica divina. El afán del más profundo saber especulativo coloca a Dios en el centro y, en consecuencia, la vida humana está plenamente dotada de sentido. Se conoce el ideal del orden, se sabe cuál es el sitio adecuado de cada cosa, el ideal de vida y del mundo.

Con la aparición de la Edad Moderna, el centro ya no es Dios sino la razón. El orden ya no lo determina Dios sino la razón del hombre y su libertad; el hombre comienza a convertirse en el Creador, no se subordina sino a las creaciones de su razón. Ha comenzado el imperio de la razón, comienza a desaparecer el orden o logos.

La época contemporánea se revela en sus resultados: el fracaso de la razón, de la creación del orden ideológico que ha sustituido el orden científico y natural. Ya no hay logos. ¿Qué sigue?

El orden sin orden: el orden que el hombre crea a impulsos de sus instintos, de sus pasiones, de sus emociones, de una libertad que ya no reconoce moral, ni límites, sino lo que le marca su imaginación desbordada, su ilusión, su fantasía que no admite reglas o límites bajo pena de ser acusado de discriminación quien ose proponerlos.

Ahora el único centro del Universo es el hombre existente erigido en el creador de derechos, de reglas que ya no obedecen jamás a la idea de naturaleza, de orden, de logos. Eso sí, con una libertad absoluta de decidirlo todo: quién vive, quién muerte, qué es el amor, con quién o incluso con qué casarse, cuáles derechos existen y cuál es el horizonte de la vida, el valor de la vida social, el significado de la libertad, de la sexualidad, de quién es varón o mujer, de quién educa y cómo hay que educar, del momento de la muerte, del uso de la vida, Dios o de la religión que es para ateos.

Sí. Hoy el hombre ha abierto total y absolutamente su muerte, pues ya no existe más el hombre como lo conocimos y concebimos. Es tan abierto de mente que se ha vuelto demente. Si la idea del orden o logos fue el gran signo de la inteligencia, hoy la idea del no-logos, de la irracionalidad, del desorden que prima en todos los ámbitos de la vida humana son signo de su falta de inteligencia, es decir, de la caída de la mente en el vacío de su estupidez.

Cada uno tiene que planteárselo y decidirse. No hay opción intermedia: ¿logos u orden al que hombre obedece o creación absoluta hecha por el hombre libre y sin sentido, monumento a su estulticia?

Es simple. ¿Avanzamos o retrocedemos?

Hasta la vista.

Juan Carlos Barradas Contreras

[email protected]

 

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