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Se aproxima el Rey

Sunday, November 27th, 2016

Uno de los sentimientos humanos más hermosos y excitantes es el gozo que antecede a la llegada de un evento altamente deseado o esperado como es el nacimiento de un hijo, la entrada a esa casa nueva que tanto esfuerzo costó, ese día de cumpleaños acompañado de una magnífica fiesta, el estreno de un vehículo nuevo, la llegada de ese familiar tan querido, etc.. La expectativa de algo que para nosotros significa un anhelado deseo cumplido hace que se dispare una emoción única y poderosa que transforma el momento de vida en un espacio sublime de perfección, ya que olvidamos todas las dificultades experimentadas para lograr ese fin. Pareciera ser que todo el organismo se pone de fiesta y se prepara para recibir el regalo materializado desde lo más profundo del corazón.

Cuando esa espera se ve acompañada por más personas para las cuales también posee un sentido especial, la vivencia se ve multiplicada exponencialmente, ya que todos participan de su emoción y la expectativa crece inundando el momento, despertando los más bellos sentimientos humanos hacia los demás. La energía resultante podría iluminar el planeta entero si fuera posible transformarla en luz. Aún las personas que con recelo han observado el fenómeno desde fuera, no quedan exentas de participar de la experiencia, aunque no siempre de una forma positiva. De cualquier modo, todos resultan afectados por el nuevo aire que se respira cuando algo grandioso está por acontecer.

Las personas que han participado de eventos de este tipo pero relativos a la espera de personajes que por su investidura resultan altamente importantes en la historia, destacan que existe una añadidura al mundo de emociones experimentadas: la sensación de que se trata de un ser especial les hace sentir su pequeñez, mas no en un sentido negativo, sino que da la impresión de estar ante un acontecimiento único del cual se hablará por los siglos, constando que la presencia de cualquiera de los ahí presentes ha significado un extraordinario regalo que añade a su historia una de los más grandes recuerdos.

Si este advenimiento resulta de tal magnitud cuando se trata de personas muy importantes para la humanidad, imaginemos cuando el esperado es un rey. La mayor parte de la humanidad concluye sus días sin haber experimentado jamás la presencia, cercanía o acompañamiento de un monarca, dado que se trata de un líder cuya existencia es altamente cuidada y no siempre expuesta al público. Sin embargo, y teniendo en cuenta las huellas cognitivas que poseemos acerca de la magnificencia de un soberano –experiencia extraída de los libros de cuentos que nos acompañaron en la infancia-  no es difícil imaginar que la oportunidad de estar cerca de uno resulta todo un acontecimiento difícil de describir.

¿Y si el aguardado es un dios? No puedo imaginar lo que experimentaron las personas que rodearon, en su momento, a hombres venerados como deidades tales como los del antiguo Egipto, o Buda, o los avatares hindúes. El poder compartir el aire que respiraban debió ser, sin duda, una circunstancia que marcó la vida de muchos y significó un parte aguas en sus existencias. Y hasta aquí me he referido a personas humanas consideradas como dioses…

Ahora, ¿y si el esperado es un Dios –con mayúscula- nacido Dios desde la eternidad (no un hombre elevado a dios), creador de todo lo existente –incluyéndonos- motor de todo lo que se mueve, con naturaleza de amor, omnipotente, omnipresente, luz perpetua, inmortal, infinito, inmutable, incomparable, inescrutable (no se le puede llegar a conocer por completo), omnisciente (conocedor del pasado, presente y futuro), perfecto, justo, único, Trino, santo, afable, y además dispuesto a acercarse a tu existencia, a adoptarte y a acompañarte cada día de tu vida, sosteniéndote y regalándote lo que necesitas para perfeccionarte? Esta experiencia, por su dimensión, sólo puede explicarse y describirse desde cada alma que la vive. Escapa a mi intelecto el encontrar las palabras que definirían con cierta cercanía esta vivencia única de un Dios que me busca a mí de manera personal, sin importar mis límites o defectos, mi condición social o económica. Esto sólo puede entenderse permitiendo la experiencia y dejándose amar por Él.

Una humilde mujer de Nazareth vivió por primera vez esta condición de espera hace más de 2000 años. En su vientre albergó al Dios que, en su infinita bondad, buscó al hombre para salvarlo. Porque cabe aclarar: este Dios de dioses se hizo hombre para poder redimir a todas sus creaturas y regalarles el Cielo. Nunca antes se había escuchado acción tan portentosa.

Muchos no creen en Él pero resultan afectados por Su Presencia. Su sol surge para todos…también para ti. Este domingo iniciamos su Adviento, la espera única de su llegada, que implica una preparación para recibir al Rey de reyes. Él viene para ti y tocará a tu puerta. Ojalá lo recibas como se merece porque…viene a salvarte de nuevo…y a quedarse contigo. ¡Preparemos el camino! ¡Renovemos el alma y vistámosla con traje de virtud!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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El renacido

Sunday, March 6th, 2016

Baruj miraba con recelo hacia la calle a través de los amplios ventanales de su tienda de antigüedades. El paisaje invernal se extendía hasta el fondo de su corazón, ya que sabía que sus días estaban contados. En cualquier momento los oficiales de la GESTAPO se presentarían para apresarlo y confinarlo a alguno de los terribles campos de concentración que su despiadado líder había inaugurado. Ya había tocado el turno a su vecino judío que, días antes, había sido expulsado con lujo de violencia de su panadería.

Era la época del Tercer Reich y existía la ideología que proclamaba que el judío era el origen de todos los males y se creía que de ellos surgía la desorganización y el caos, la degeneración moral, y se les estigmatizaba como el “fermento de descomposición”, una verdadera amenaza para la comunidad racial alemana. Esta concepción era sostenida por la sociedad alemana, la más moderna y con mayor nivel de desarrollo en Europa en 1930. Su antisemitismo no tenía una base religiosa sino racial, con una condición inferior inasimilable a la cultura nazi. Su líder, Adolf Hitler, se desempeñaba como un verdadero dios ante su pueblo.

Más de 80 años después, pero ahora teniendo como escenario los Estados Unidos, un nuevo líder amenaza con repetir la historia dirigiendo su odio hacia los inmigrantes, particularmente los mexicanos. Un precandidato presidencial, Donald Trump, dotado de una genética semejante a la de Hitler, lanza encendidos discursos exacerbando el odio y la discriminación hacia aquellas personas que considera violadores y criminales, causantes de muchos problemas en su país y portadores de enfermedades mortales. El magnate vende su imagen mencionando que toda su vida ha sido exitoso y es el único capaz de hacer grande a su país, un terrorífico deja vu que resuena en el corazón de una historia que, por lo visto, no dejó enseñanza alguna en tan polémico personaje.

En ambos casos, lo que es de llamar la atención es que ambos dirigentes han sido escuchados y creídos por una enorme cantidad de seguidores -situación que los dota de un indudable poder y peligrosidad- y es algo que pareciera inexplicable desde el punto de vista de una mente cuerda de nuestro siglo. ¿Por qué estas personas pueden convencer a otras de ideas claramente violentas y absurdas? La explicación, sin duda alguna, rebasará la capacidad de este artículo, pero pareciera que la idea del renacimiento nacional, la concentración del poder mesiánico que pudiera guiar a la humanidad, el descubrimiento de un culpable sobre el cual volcar toda la frustración por derrotas sufridas en el pasado, tocaron fibras sensibles en personas que, por su condición, habían dejado de sentirse seguras y poderosas, ideas con las cuales habían crecido y que, en su momento, no veían reflejadas en su diario vivir.

El concepto de recuperación de poder y fuerza, de capacidad de resolver problemas, de hegemonía económica, de liderazgo mundial, proporciona una esperanza para el pueblo que, abatido, desea volver a ser el protagonista de la historia. Los discursos políticos de ambos dirigentes coinciden en que hay carencias provocadas por otros y recuperar los campos de riqueza y trabajo desempeñados por “personas impuras” es la solución para regresar a la cabeza del mundo.

Me parece que hacia el fondo, ambos han tocado el miedo de sus pueblos ante amenazas -reales o imaginarias- que han considerado verdaderamente letales. Los alemanes temían el ingreso del comunismo bolchevique y los estadounidenses temen ataques terroristas. Ambos pueblos han necesitado del discurso de “hombres fuertes y ganadores” capaces de salvarlos, mismos que auguren una época de mayor plenitud en su sociedad.

Hitler y Trump son la imagen viva de la megalomanía vendida como poder basado en la extinción de unas minorías. Ellos se han colocado como modernos e invencibles dioses poseedores de fórmulas mágicas capaces de modificar todo entuerto. Su inteligencia y retórica convincente no alcanzan a ser incluyentes, puesto que el ataque al que consideran débil es su principal fuerza…y su mayor debilidad. En esto se revela su profundo miedo a que “la hormiga acabe con el elefante”, olvidando que se requiere del trabajo de la hormiga para diseminar el polen que permitirá la germinación de plantas de las que se alimentará el elefante.

Una mentira dicha mil veces acaba convirtiéndose en verdad -dicen por ahí. Los alemanes le creyeron a Hitler porque necesitaban creerle. Lo mismo ocurre hoy con los norteamericanos. Sin embargo, no olvidemos que Hitler sucumbió ante la verdad que surgió a la luz ante muchísimas más personas concientes de la perversidad de sus planes, no sin antes lograr el exterminio de millones de judíos. La pregunta es: ¿permitirá el mundo a un renacido hitleriano realizar un nuevo holocausto? Tú, ¿qué opinas?

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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El renacido