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La magia de la reparación del daño

Sunday, October 30th, 2016

Una de las características de la hermosa época navideña que se nos avecina, es el temor infantil de cometer faltas que pongan en riesgo el merecimiento de los tan anhelados regalos elaborados cariñosamente por el ejército de duendes al servicio del sonriente Santa Claus. Los padres de los niños se encargan de mantener viva esta tradición como una forma de controlar la conducta de sus traviesos pequeños, mismos que no dejan de portarse mal eventualmente, sólo que ahora buscan la manera de reparar el daño con tal de que su falla sea borrada de esa maléfica lista que el gordito polar conserva.

Si bien estamos hablando de una fantasía que se ha conservado a través de siglos, siento que no hemos aprovechado suficientemente la oportunidad de que nuestros niños aprendan el maravilloso poder del arrepentimiento y la extraordinaria paz que reporta el poder reparar el daño, permitiendo así la posibilidad de un inicio en donde ya no existan ni ofensor ni ofendido, dado que la curación procedente de la recomposición del agravio favorece la anulación del dolor del ofendido y la culpa del ofensor.

Arrepentirse de mal realizado ocasiona en el agresor un sufrimiento producto de la asimilación de percibirse como falible, imperfecto, culpable, siempre y cuando dicha persona posea un grado adecuado de salud mental y moral. Adicionar características negativas a la identidad puede reportar un desajuste a la autoestima, ya que batallamos siempre por mantenernos como personas capaces de realizar cosas buenas por las que seamos reconocidos. Es por ello que tendemos a ocultar las malas acciones y/o a maquillarlas con colores de bondad, con tal de salvarnos de las recriminaciones de los demás. Se necesita poseer ciertos rasgos sociopáticos para que el ser humano se enaltezca del mal esgrimido, enorgulleciéndose del daño realizado hacia personas que se encuentran en una posición de debilidad frente a ellos. Personas así no se arrepienten de sus actos porque ni siquiera los perciben como ruines sino que consideran un acto de plena justicia el realizarlos.

Por otro lado, el ofendido experimenta el sufrimiento por sentirse humillado, robado, desprovisto de algo que le pertenecía, sea un bien material o moral. La sensación de injusticia puede generar en él un fuerte deseo de venganza que acaba de sumar un mayor dolor al que ya padecía. Aunque es el que “tiene la razón”, finalmente puede situarse en una condición de inmoralidad igual al del que le causó el daño, impidiendo así que su sufrimiento se remedie tiempo después. Y aun suponiendo que no decida vengarse, esta persona tiende a conservar en su corazón el dolor de su pérdida y el resentimiento contra la persona que se lo causó, ocasionándole un mundo de frustraciones que impactará en un futuro en muchas de sus decisiones.

Ambas situaciones –en el ofensor y en el ofendido- poseen una salida salomónica que libra a los protagonistas de angustias posteriores y los hace crecer como personas: la reparación del daño realizado. Arrepentirse no significa únicamente pedir perdón sino comprometerse a resarcir lo que fue objeto de pérdida para el agredido. Es esta condición la que permite la verdadera curación -en ambas partes- de la falta. El que ha pecado puede devolver lo robado teniendo en cuenta que dicho objeto (físico o moral) ya no regresa igual, dado que se le ha agregado una vivencia dolorosa que no tenía; por tanto, es menester procurarle un nuevo significado positivo al que le fue extraído. Esta labor, que puede durar un cierto tiempo, va curando las heridas del agraviado y del agresor, quien puede experimentarse como alguien capaz de superar sus propias debilidades. De este modo, el ofendido se siente como alguien con una dignidad tal que merece ser aliviado en su malestar; y el ofensor se experimenta como alguien con una dignidad tal que puede recuperar su autoestima positiva al haber superado un gran obstáculo y aliviado un dolor ajeno.

El agresor aparentemente pierde lo que robó pero en realidad gana mucho más con lo que devuelve al haber reparado el sufrimiento que causó. Si nos ponemos a pensar que la persona ofendida podría haber generado mucho daño con el dolor con el que se quedó, volviéndose agresivo con los demás, por ejemplo, pues resulta que el ofensor, al reparar la ofensa, evitó males mucho mayores que pudieron haber originado enormes pérdidas en mayor número de personas. El bien que produjo fue mucho mayor al mal que ocasionó.

En conclusión, queridos lectores, es tiempo de aprender a fabricar bienes como resultado de reparar daños en otras personas. Esto implica un crecimiento personal y abre la oportunidad de horizontes más humanos y profundamente amorosos. ¡Suerte en esta empresa!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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Limitaciones, esperanza y resurrección

Monday, July 11th, 2016

Hace más de dos meses este blog estuvo bloqueado por fallas técnicas. La última publicación tiene fecha de 8 de mayo de 2016, se restableció el 22 de junio y desde hace dos meses no hemos publicado algún artículo y sólo 3 ó 4 personas han preguntado por la ausencia de esos artículos. Ha servido de adelanto para la posible desaparición de este blog y del Instituto Surgere –aunque no está decidido-. Vale la pena hacer algunas reflexiones.

El mundo actual en que vivimos parece a punto de colapsarse totalmente. Ya sea en nuestra patria México o en todo el mundo. A nivel religioso un creciente ateísmo práctico por parte de muchos que, en muchos lugares del mundo se ha traducido no en una “no creencia”, sino en una actitud abiertamente “anti teísta”. Furibundos ataques contra los creyentes, particularmente contra los cristianos y en especial contra la Iglesia católica.

A nivel político una manifiesta corrupción por parte de los políticos que ante todo buscan perpetuarse en el poder, o manifiestan actitudes racistas y discriminatorias hacia otros pueblos; pseudolíderes sociales que buscan sus propios y mezquinos intereses. Esto se traduce a nivel económico, donde muchos son motivados simplemente por la pura ganancia, sin importar perjudicar a otros con tal de recibir beneficios económicos. El éxito material es el único parámetro de valoración de una persona y sus logros, dejando totalmente a un lado la solidaridad, el servicio o los valores.

A nivel familiar crecientes atentados destructivos de la familia y la sana personalidad de los seres humanos, con ideologías que, como tales, son absolutamente ficticias proponiendo que cada quien puede elegir su propio género individual, por absurdo que sea: zoofilia, necrofilia, incesto, homosexualismo, lesbianismo, asexualismo y mil y un torpezas más según sea su alocada y  esquizofrénica imaginación.

A nivel  cultural y educativo existe la amenaza de introducir un total, un absoluto relativismo entre los niños, que desde temprana edad son inducidos a elegir actitudes y conductas como su sexo, sus roles, su identidad personal como algo variable, actitud fruto de los locos desvaríos de adultos desequilibrados que impulsan a los niños a ello. Al mismo tiempo se promueve un absoluto relativismo que no reconoce principios universales sino puntos de vista individuales, como única fuente de acción, como una autodeterminación total de sí mismos.

Como puede percibirse, el panorama no es halagador en modo alguno. Parece que nos precipitamos rápidamente a una autodestrucción programada del ser humano que pierde su cordura, su naturaleza, su ser para rebajarse a plaga o elemento tóxico del planeta –planeta que algunos adoran como madre Tierra y cosas así-.

Es indudable que el hombre enfrenta enormes limitaciones personales y sociales que lo llevan a obrar como actualmente lo hace. El problema en sí no es la incapacidad humana para afrontar valientemente las problemáticas y resolverlas; por naturaleza somos seres limitados, no seres por sí mismos, no somos seres auto-referenciados con perfección para hacernos a nosotros mismos. El problema es no querer reconocerlo, para proponer una libertad absoluta que se auto define, que se construye a sí misma sin el auxilio de algo exterior.

Es muy claro que no somos seres perfectos, ni tenemos la posibilidad de auto renovarnos. El hombre se renueva por otro, alguien más grande y superior que él. La renovación viene de fuera. Obviedad que para muchos ya no es obvia. Si buscamos algo nuevo no lo buscamos en lo que ya poseemos, en eso encontraremos sólo lo viejo. La renovación viene de fuera. De manera humana la encontramos en aquellos que con sus talentos nos muestran cosas nuevas que no tenemos, ése alguien que nos renueva será algún hombre fuera de lo ordinario, un héroe o un santo, en el fondo ambas cosas.

Pero, de una manera profunda, sólo proviene de lo divino que hace nuevas todas las cosas. Ni la más lúcida inteligencia, ni la más férrea voluntad sirven para renovarse por sí mismos. Quien nos ayuda en nuestra renovación es más propiamente superior en naturaleza y poder sobre el ser humano. Es decir Dios.

Ante este panorama literalmente de muerte, la esperanza está en la resurrección y la vida. Allí, donde el hombre ha optado por la destrucción, puede volver a resurgir la vida. La corrupción de la creatura –afirma san Agustín de Hipona- sólo pone de manifiesto la bondad de la misma. La maldad ha obscurecido lo que sigue ahí como algo propio que puede volver a mostrarse en su esplendor.

Frente a la destrucción, las ideologías nihilistas y la muerte, se encuentra la construcción, el sano realismo y la vida. El hombre puede volver al bien, obrar lo bueno, si está dispuesto a obedecer la realidad misma de las cosas y a admitir que él mismo no es la medida de las cosas, que hay principios por encima de él que lo definen, pero que si los obedece, lo plenifican. Obedecer la naturaleza es obedecer a Dios para bien del ser humano.

La esperanza pues, que puede movernos y sostenernos es que tras los torrentes, los huracanes devastadores de la propia autodestrucción, el hombre no muere, todos los días puede corregirse y optar por lo bueno. La supervivencia del género humano es posible si al menos algunos –aunque sean muy pocos-, obran lo bueno, obran lo que se debe.  Podemos tener la certeza de que, en medio del dolor y la muerte ya presentes y que parecen avecinarse aún mayores de una manera rápida e inmediata, no es el fin definitivo; la certeza es que el grano de trigo no muere, sino únicamente se transforma para dar más fruto, para resucitar (surgere).

¡Hasta la vista amigos!

Juan Carlos Barradas Contreras

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Grano de trigo