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¿Principios o sentimientos?

Sunday, May 8th, 2016

Todos evaluamos las situaciones en base a principios. Si, por ejemplo, un maestro seduce a una alumna, todo mundo considerará –con razón- que ha habido un grave abuso, porque la jerarquía o rol que el maestro desempeña le permiten tener injerencia sobre sus alumnos, inducirlos y aprovecharse de su posición.

Sin embargo, hay valoraciones distintas si implicamos a otras personas con variados sentimientos: los padres de la alumna probablemente lo evaluarán como algo gravísimo que hay que juzgar violentamente con ira; pero los familiares del maestro podrán juzgarlo aminorando la acción; e, incluso, la forma en que lo mira la misma alumna podrá ser distinta, pues puede afirmar que lo ama y que su maestro no hizo algo malo.

¿Qué significa todo esto? Que aunque juzgamos las cosas por principios en lo sustancial, accidentalmente le añadimos, modificamos o corregimos tales juicios en base a emociones o sentimientos. Es difícil alcanzar la objetividad para brindar un juicio atinado, justo y objetivo.

Cuando hablamos de principios ¿de qué hablamos? No de otra cosa sino de los fundamentos o puntos de partida objetivos que nos permiten discernir lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, lo adecuado de lo inadecuado. Esto depende de poseer la mente abierta a aceptar la realidad como es, no como quisiéramos que fuera. No dependen de la voluntad del hombre, sino de la realidad del ser humano; y, parcialmente dependen de las interpretaciones sociales. Un niño, por ejemplo, sabe con objetividad que si hace una travesura, hizo algo que merece una sanción; si incurre en desobediencia merece una reprensión; sabe discernir un acto de injusticia si le quitan juegos o dulces que se merece o si otros niños le hacen trampas en los juegos.

Los principios morales presentan un contenido claro. Sabemos que no debemos robar, mentir, maltratar, matar, calumniar, ni despreciar o cometer actos egoístas. Por ejemplo, los homosexuales afirman que no son lujuriosos porque sus actos deshonestos son actos de amor, tratan de obedecer el principio de la vida sexual, su contenido específico que es hacer el ejercicio del acto sexual un acto de amor o de generosa entrega, es decir, dicen que cumplen el principio que reconocen.

Al momento de discutir la aplicación de los principios no debiera atentarse contra ellos apelando a los sentimientos o emociones. Si, por ejemplo, una mujer sufre un embarazo, fruto de una violación, el principio que se aplica sobre el bebé es: no matarás. Apelar al rechazo, dolor, angustia, ansiedad que el origen de su embarazo le provoca es un argumento sentimental. Si, en otro ejemplo, la tendencia homosexual es fuerte en algunos, el principio que aplica es: no fornicarás. Apelar a la misericordia falsa para dejarlos hacer lo que quieran es sentimentalismo. En este mismo caso, la adopción de niños por dichas parejas no aplica, porque el principio de respeto a la vida lleva a considerar que los niños, ni son un objeto, ni son un derecho; expresar “pobrecitos” de los homosexuales porque no “realizan” su paternidad; o “pobrecitos” de los niños porque quedan solos en un orfanatorio, ambos son argumentos sentimentalistas o emocionales. Por su parte, también el argumento “ad hominen” descalificando, en base a su mala conducta, a quien sostiene un principio es simplemente emocional: si tú no vives como enseñas, no tienes derecho a manifestar lo que expresas. Por ejemplo: si eres alcohólico, no puedes decir que el alcoholismo es malo.

Debemos ejercitarnos en poseer el criterio para juzgar con objetividad, no por lo que sentimos, no por el “quisiera”, o porque “lo siento así”, sino porque así es, aunque tenga que hacer el esfuerzo e incluso el sacrificio para ajustarme a la norma.

De otro modo la vida se volvería caótica, de hecho ahora ya lo es porque juzgamos las cosas y optamos por lograr que la gente “no se sienta mal” o porque nosotros mismos no nos sintamos mal. Es imposible realmente complacer todos los gustos o tendencias y se podría revertir incluso contra quienes lo proponen.

Analicemos un caso. Hay quienes afirman “pobres” de los homosexuales que nacieron así y la sociedad no los deja ser. Quienes esto afirman no se dan cuenta que desde el mismo argumento se podría expresar a la inversa: pobres de los homosexuales que se vuelven esclavos de un impulso sexual insaciable, pues se dice que nacieron con esa tendencia genética arrolladora e inevitable, no una elección sino una imposición de la naturaleza.

Así, si queremos hacer de nuestro mundo algo mejor y con ello, hacer de nuestra vida algo mejor, aprendamos y aceptemos que en la vida hay que regirse no por emociones, sino por algo más firme y estable: los principios. Vivir y juzgar así ni es fácil, ni usualmente placentero, pero es algo que nos hace capaces de ejercer nuestro libre albedrío, siendo dueños de nosotros mismos, sin ataduras emocionales que a menudo nos impiden ser. Ser dueños de sí mismos es cuestión de principios, no de emociones o sentimientos.

Tú ¿cómo disciernes? ¿Por principios o emociones?

Hasta la vista.

Juan Carlos Barradas Contreras

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Principios o emociones