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¿Una nueva Cristiada?

Sunday, October 9th, 2016

En los tiempos actuales enfrentamos una crisis en la que lo que está en juego son las confrontaciones originadas en el campo de las ideas: religiosas, políticas, filosóficas, éticas, científicas, etc. La confrontación se ha agudizado por una razón: el relativismo. Se discuten los contenidos de las ideas, pero el meollo de la confrontación se ha reducido simplemente a un punto: el hombre ¿puede definir la realidad determinándola simplemente por medio de su voluntad o lo único que puede obrar es aceptar voluntariamente que las cosas poseen modos de ser ajenos a las pretensiones humanas? Expresado de otro modo: ¿definimos o aceptamos lo real?

La realidad es solamente una y no admite la posibilidad de que los seres humanos puedan definirla a su capricho. Lo que es, es, y lo que no es, no es. Nada cambia porque el hombre opine lo contrario. La realidad es ajena a los puntos de vista. Siendo así, inevitablemente la confrontación se desliza a una confrontación de voluntades.

Por un lado se trata de la evidencia que sostiene una postura, evidencia que sólo sustenta las ideas propuestas por un grupo, el de aquellos que afirman que al hombre sólo le queda conocer, aceptar y ser dócil a la realidad. Por el otro lado sólo queda que las cosas sean sostenidas en base a la propia voluntad; no se trata de que las cosas sean así, sino de que quiero que sean así; es el grupo del relativismo, el de aquellos que sostienen que todo se reduce a propuestas ideológicas o doctrinarias donde el “ser supremo” es el hombre, como el centro que “libremente” determina su propio ser y su quehacer.

A falta de evidencia que fundamente la propia postura, el único camino que queda es la confrontación personal. El enemigo se convierte en aquél que sostiene que  la realidad es lo que es y no lo que yo quiero. Por consiguiente, en lugar de refutar las evidencias, se proponen una especie de “dogmas relativistas” repetidos una y otra vez hasta convertirlos en “verdades” que todo mundo cree y acepta; al mismo tiempo se dirigen los ataques a quien se opone a esto, tratando de descalificar la autoridad moral de quien sostiene que el hombre no puede ser la medida de las cosas. El argumento “ad hominem” se convierte en uno de los más usados. El otro es un enemigo a vencer al que se agrede, a veces verbalmente, con difamaciones o calumnias; otras más con agresiones físicas, golpes y, en el extremo herirlo hasta la muerte. El motivo es que “no me conviene que alguien me ponga en evidencia y que no estoy de acuerdo con la realidad”, ante la imposibilidad de destruir la realidad, destruyo a quien la muestra.

Aunque el común de la gente lo rechace o le enfade enormemente, en nuestra sociedad y, en general en el mundo, hay una institución que no se doblega al señalar que el centro de la realidad, de la vida humana y de todo el Universo es Dios, no el hombre. Es al hombre al que le toca subordinarse y obedecer la realidad, con lo que obedece así, a Dios. A muchos no les agrada esto, puesto que hay una realidad contra la que el ser humano se compara, tiene que juzgar o valorar su conducta y determinar en su consciencia si obra bien o mal, discriminar lo bueno o lo malo. Eso es muy intimidante, en especial si se obra mal. Ha llevado a una “cristianofobia” muy agresiva y militante. En especial, dicha cristianofobia se dirige contra la Iglesia católica, atacando particularmente a sus miembros que la dirigen, el sector jerárquico.

En la historia de México, hace unas décadas ya hubo una abierta confrontación contra la iglesia y sus miembros que derivó en la guerra cristera. Hoy parece que estamos en los albores de una nueva guerra cristera –también denominada Cristiada- o quizá el reavivamiento de una guerra que no terminó, pues la oposición contra la iglesia siguió y sigue vigente. Los ataques están siendo muy puntuales y específicamente dirigidos asesinando a muchos tratando de evitar la confrontación abierta, con sutileza pero con agresiones certeras.

¿Qué necesitaríamos para una nueva Cristiada? ¿Agresiones? Ya nos mataron recientemente a tres sacerdotes y se manchó su memoria. ¿Persecución? Ya los promotores de la ideología de género son abiertamente “cristianofóbicos”. ¿Ataques del gobierno? Ya el gobierno mexicano nos quiere “vender” a las intenciones anticristianas de la ONU….mmm…. Entonces ¿qué necesitamos para que estalle una nueva Cristiada? Ahora ya nos mataron a cuatro jóvenes evangelizadores. ¿Qué necesitamos entonces para que estalle una nueva Cristiada?

¿Será tiempo de volver a empuñar las armas? Si bien la legítima defensa con las armas es válida éticamente, la guerra cristera derramó mucha sangre en una dura confrontación que era una guerra civil y, pese a todo, el conflicto no terminó, el motivo de la lucha sigue vigente.

En los tiempos que corren de aguda oposición al pensamiento cristiano, habría que recordar que el meollo esencial no está en lo corporal sino en lo espiritual. Como afirma el padre Fortea –reconocido exorcista español- sobre la lucha entre los ángeles, afirmando que la lucha entre ellos es una lucha intelectual: “Esa lucha fue una lucha intelectual. Dios enviaba la gracia a cada ángel para que volviera a la fidelidad o se mantuviera en ella. Los ángeles daban argumentos a los rebeldes para que volvieran a la obediencia. Los ángeles rebeldes daban sus razones para fundamentar su postura y para introducir la rebelión entre los fieles”.

No somos ángeles, pero en esencia nuestra lucha es la misma. Son tiempos de guerra pero se ve claro que nuestra lucha está en el terreno de mantener ideas claras, realistas y estar dispuestos a dar testimonio de ellas. Nuestras armas son nuestras convicciones y argumentos sólidos. La verdad por sí misma tiene su propia fuerza y nadie la desaparece. Al fin y al cabo ¡podrán darnos muerte a nosotros pero la verdad nunca muere!

En todo caso, nadie está exento de elegir un lado de la batalla. Tú ¿por cuál optas?

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

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Sobre las marchas en favor de la familia natural

Saturday, September 17th, 2016

Hace unos días cientos de miles de mexicanos nos expresamos marchando por las calles reafirmando nuestra convicción por la familia natural constituida por papá, mamá e hijos. Esto ha provocado reacciones agresivas y violentas de la comunidad lésbico gay –LGBTTTI- que se dice “ultrajada” o “discriminada” por tales manifestaciones. Pero ¿qué hay de verdad en esto?

Primero. Las acciones privadas e íntimas tienen repercusiones públicas y sociales. No se puede afirmar que lo que alguien haga en la intimidad de su cuarto no tenga repercusiones sociales. El estilo de vida personal constituye la propia cultura que se manifestará exteriormente en una forma de vivir que se comparte con los demás socialmente. El afán de placer, de satisfacción personal, de hedonismo no quedará reducido por “arte de magia” a la propia habitación, se buscará en todo momento y lugar. Ya Aristóteles lo decía: sólo quien cultiva el bien o virtud individual podrá procurar a los demás lo mismo. No se puede de otra manera.

Segundo. Por otra parte, si hablamos de violencia de género hay una que es totalmente evidente. Aristóteles explica que la violencia se produce cuando se va contra la naturaleza; ahora bien, la naturaleza se manifiesta por ser principio de operación, es decir, lo natural está en que el modo de obrar nace del ser de las cosas. Es natural, por ejemplo, que un perro persiga a los gatos o el gato a los ratones. Así son y no hay duda.

En consecuencia, hay una clara violencia de género: la de los homosexuales y lesbianas que van totalmente contra el modo de obrar que les corresponde naturalmente, pues es natural por su naturaleza genética, biológica y psicológica que el varón se sienta atraído por la mujer y viceversa. Los homosexuales y lesbianas van contra ello violentando su naturaleza. ¿Alguien puede dudar que sea violencia de género?

Tercero. No se puede otorgar la oportunidad de adoptar a parejas homosexuales. El derecho del niño es a tener padre y madre, eso fue lo que perdió, de lo que está privado. No se sustituirá jamás otorgándoles dos padres o dos madres; la adopción no es derecho de los homosexuales sino de los niños, derecho a tener padres. Por otra parte, quien carece de identidad sexual clara difícilmente será capaz de contribuir a que otros obtengan la propia. Es preferible que el niño permanezca en un orfanato en espera de unos padres heterosexuales, a que sea entregado a personas con problemas de identidad, de otra manera se le añade otro problema: no tener padres y adquirir otros que no respetan la realidad natural. No se puede apelar a la “misericordia” o a argumentos sentimentales en favor de algo que termina perjudicando al niño. Entregarlo a parejas igualitarias va en detrimento del niño.

Cuarto. Tener problemas de identidad sexual –disforia de género-, no justifican intentar lo absurdo: cambiar la genética, las hormonas, el cuerpo a lo que una consciencia turbada manifiesta, en lugar de corregir la conducta desviada. En lugar de tratar de cambiar todo lo adverso a lo que se “siente”, sentirse mujer siendo varón o viceversa no justifica tratar de transformarse íntegramente yendo contra la totalidad del propio ser, sino que exige corregir lo que se siente pues hay miles de cosas que sentimos y eso no nos obliga a serlas.

Quinto. No otorga al Estado el derecho a imponer la ideología de género en la educación, con el pretexto de que se conozca y practique la diversidad sexual. Se pueden admitir jurídicamente uniones homosexuales, reconociendo que eso es para ellos. Esto no obliga a todos a admitir tales uniones como “normales”, ni a imponer a los niños la ideología de género en el ámbito educativo. Se pueden regular sus relaciones pero no imponer a todos una ideología como si fuera lo más normal del mundo. Pretender hacerlo hace del gobierno un gobierno autoritario e impositivo, violentando los derechos de muchos. Reconocer jurídicamente las relaciones homosexuales, no implica imponer a los demás su cultura o estilo de vida.

Mucho se insiste en que el Estado es laico, es verdad, pero se olvida que lo laico le corresponde al gobierno, no al pueblo –que tiene derecho a elegir y vivir sus creencias-. Con la ideología de género se está creando una nueva forma de “dogma de Estado”  – la creencia en que el hombre y todos sus caprichos deben ser absolutizados y respetados religiosamente- , que la autoridad arbitrariamente está tratando de imponer.

Sexto. Los derechos no nacen de los caprichos o deseos de la gente para “realizarse”, sino de la persona humana para desarrollarse conforme a límites estrictos. Los derechos van ligados a las obligaciones que el ser humano posee para cumplir con acciones que contribuyan a lograr el propio bien que es la virtud o fuerza que lo hace ser dueño de sí mismo; y, lograr o contribuir a que se le logre el verdadero bien común para el desarrollo de todos. Los derechos no se orientan a que el hombre haga lo que le plazca, ni alcance la satisfacción de sus caprichos. Lo bueno es el fin, dice Aristóteles, y es aquello en lo que se alcanza la propia perfección individual y social.

Aclaradas las cosas, nuestras acciones no van contra la comunidad LGBTTTI, sino en favor de la familia y del hombre rectamente entendidos, sin afectar los derechos de terceros que por su libre albedrío pueden optar por lo que quieran y se les debe reconocer jurídicamente, siempre y cuando no traten de imponer lo imposible.

Cada quien elige y es responsable. Y tú ¿cuál es tu opción?

Hasta la vista.

Juan Carlos Barradas Contreras

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El verdadero problema

Sunday, September 11th, 2016

Siempre llaman la atención los fenómenos sociales y las causas que los originan, máxime en una época en que la credibilidad en las instituciones está en franco descrédito. El hecho de que una nación se una de una manera increíble como lo estamos viviendo hoy en México para enarbolar la defensa de la familia natural, nos ofrece una oportunidad de analizar el contexto en el que dicho fenómeno se desarrolla y el motor que hace que más de un millón de personas en México hayan salido a las calles a externar su punto de vista de una manera libre y contundente.

El gobierno, en voz de su titular el Presidente Peña Nieto, lanza una iniciativa para legalizar el matrimonio igualitario, lo cual, a simple vista, no tiene más inconveniente que el que a esta unión se le llame “matrimonio”, cosa que no aplica por no ser gestora de vida. El problema no está ahí, pero ha existido mucha habilidad para hacer creer que sí, de tal forma que todos los ciudadanos se centren en este punto, dejando de lado lo que verdaderamente representa todo un atentado al futuro del país que es la adopción de niños por parte de parejas en estas condiciones, así como la educación bajo los criterios de la ideología de género que el gobierno pretende imponer en los ámbitos educativos.

La presencia y aplicación de este sistema en otros países ha demostrado ampliamente su total fracaso como impulsor de una sociedad más ordenada, libre, incluyente y, por supuesto, feliz. Baste revisar las cifras de los estudios realizados con seriedad para comprender lo que conlleva el ejercicio de este tipo de ideología. La realidad, imposible de desfigurar o descartar por simple capricho, se impone aplicando sus consecuencias a los desatinos de esta tendencia. Los resultados: niños confundidos, faltos de una identidad que les permita reconocerse como pertenecientes a un determinado sexo y sus implicaciones; hijos resentidos por la falta de uno de los progenitores, lo cual hizo que no tuvieran acceso al aporte y modelaje de ese sexo, por lo que no completan su desarrollo de una manera exitosa y, por ende, no saben cómo comportarse en la edad adulta; niños depresivos, insatisfechos, inadaptados, que viven en un sufrimiento perpetuo que, muchas veces, los conduce al suicidio; niños que generan una violencia interior por la falta de seguridad que les da el sentirse sin ataduras y límites, lo cual los induce a prácticas delictivas como desahogo de sus múltiples frustraciones; adolescentes que acaban adquiriendo enfermedades sexuales a muy temprana edad, debido a la ausencia de autocontrol favorecido por la enseñanza prematura del uso de una sexualidad sin censura; niños y adolescentes que buscan en las drogas un escape a su angustiosa situación; en fin, niños infelices que sirvieron a sus padres adoptivos -homosexuales o lesbianas- como satisfactores de una necesidad imposible de saciar como es la maternidad, sin que se pensase en ellos como los receptores de una “formación deformada” que pretendía ser liberadora y que únicamente los llevó a la más cruda de las esclavitudes.

Insisto mucho en lo siguiente: no es el homosexual o la lesbiana el problema. No es su interés en legalizar su unión. El verdadero problema es que traten de equiparar su acuerdo nupcial con el de un matrimonio heterosexual y que pretendan venderlo como la mejor opción para educar y formar a nuestros niños.

Si los niños son el futuro de cualquier país, si de su salud mental dependerá el tipo de nación que tendremos en los años venideros, estamos ante un peligro eminente que hay que detener para evitar para salvaguardar el destino de México. La modernidad no implica la pérdida absoluta de la moral como criterio para la elección de la forma de educar a los ciudadanos. Y aclaro que la moral no es religión. Se trata de una ciencia perfectamente instituida y reglamentada con un objeto de estudio que se refiere al acto humano como bueno o malo de acuerdo a la naturaleza. No es posible eliminar de tajo lo que ha permitido la multiplicación de los seres humanos y su desarrollo, con tal de favorecer los deseos de un sector poblacional cuyas necesidades no son resueltas por ir en contra de la naturaleza.

La factura de una sociedad que impide que sus ciudadanos crezcan en las condiciones óptimas, será cobrada en los años próximos. Y la pagaremos todos…. Es tiempo de alzar la voz y defender a nuestros niños, a la familia natural que es la única que participa con todas las condiciones para el sano desarrollo de los pequeños. Si la familia actual pasa por dificultades de integración, enfoquemos todos los recursos para apoyarla y evitar su sufrimiento. Hagamos todo lo que esté de nuestra parte, dependiendo de nuestra especialidad, para potencializar sus recursos y hacer crecer a sus miembros. Esto constituye un deber, máxime después de que catastróficas iniciativas pretenden eliminar de tajo una institución generada desde que el hombre fue creado como tal.

La invitación es a investigar, a conocer cuál es el verdadero problema y no dejarse engañar o manipular. Finalmente, de las decisiones gubernamentales que hoy permitamos dependerá la sociedad que viviremos en breve. En nuestras manos está marcar la diferencia. ¡No te quedes callado!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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La riqueza personal que estamos perdiendo

Sunday, August 21st, 2016

Normalmente distinguimos entre el valor y la utilidad, aunque no siempre lo aplicamos correctamente a las cosas; a menudo nos encontramos buscando la utilidad de cosas valiosas o sobrevalorando cosas que sólo son útiles. Por ejemplo, estamos olvidando el valor inherente en las personas para ponerle mayor interés a la utilidad que nos presta un teléfono celular. Escenas de madres de familia desentendidas de su bebé que tienen enfrente mientras atienden su celular, a veces jugando, a veces mandando mensajes o compartiendo fotografías, se han multiplicado en un elevado número de casos.

Lo que es valioso se aprecia por sí mismo y no se le instrumentaliza para conseguir un objetivo. El valor es lo que se aprecia por sí mismo. Una pintura, una joya, algunos libros, etc. se aprecian por sí mismos; normalmente no se intenta encontrarles una utilidad. En cambio, las herramientas sólo valen por la necesidad que ayudan a cubrir y, debido a ello, pueden ser consideradas muy valiosas porque sin ellas no podemos desempeñar un trabajo. Las herramientas de un mecánico automotriz o de un carpintero son muy apreciadas por quien las emplea porque sin ellas no puede trabajar. No valen algo para quien no las necesite. Un juego de herramientas automotrices no sería aceptado con gusto para un ejecutivo de oficina, salvo para venderlas, claro.

El oro, por ejemplo, normalmente es valioso para todos y no sirve para algo más que para adornarse con él o lucirlo. Unas flores en una casa no poseen mayor valor más que para hacer agradable una estancia. Una mascota en casa habitualmente pasa a ser miembro de la familia; no se encariñan con ella por la utilidad que brindan.

¿Y las personas? El valor de la persona estriba en ella misma, en que es persona. Es decir, vale por sí misma y en manera alguna puede ser instrumentalizada. Se le aprecia -o se le debe apreciar- por sí misma. Sin embargo, actualmente no está ocurriendo así.

Por un lado se puede hablar del tráfico o comercio que se realiza con bebés mediante la inseminación artificial. Los bebés, como personas valen por sí mismos, no son un objeto que se puede comerciar, negociar o conseguir pagando. Los padres que tienen un bebé no lo han recibido como si fuera un derecho porque nadie tiene derecho a la vida de otro ser humano. Recibir un bebé es recibir un encargo, es recibir un don que en manera alguna puede ser objeto de reclamos. Hay que recibirlo como lo que es: una vida que vale por sí misma, sin derecho alguno a disponer arbitrariamente de ella y sin poder exigir que sea otorgada.

La riqueza personal que nos estamos perdiendo radica en que muchos exigen tener un bebé como si fuera un objeto que puede reclamarse, en primer lugar para “darse” la satisfacción de ser madre y, en segundo término, para tener alguien que le haga compañía en la soledad que se está viviendo. El bebé no es valorado como ser humano, sino como objeto de compañía. En consecuencia se recurre a la fecundación in vitro, fecundando diversos óvulos que dan origen a otros tantos embriones, lo que implica el desprecio a las personas que son, pues alguno es elegido y los otros o congelados o desechados. Eventualmente, aún congelados, a la larga son desechados. Da escalofríos pensarlo.

Otra forma en que nos estamos perdiendo la riqueza personal de los seres humanos es basados en la llamada ideología de género conforme a la cual, supuestamente, se valen todas las formas posibles de expresión sexual consideradas una forma de “multivariada riqueza sexual”. Se vale, según esto, ser homosexual, lesbiana, bisexual, travesti, transgénero, transexual, intersexual o simplemente raro –aunque faltan más denominaciones-, todas ellas expresión de una variedad de conductas que muestran todas las multifacetas que puede adoptar el ser humano y, para muchos, “enriquecimiento cultural”.

Sin embargo, todas esas “facetas” de la sexualidad son expresión de un desvío alocado de quienes las practican, carecen de fundamento antropológico y se fundamentan en una pérdida de la propia identidad que no acierta a hallarse adecuadamente. Sólo por contraste manifiestan riqueza al poner de manifiesto lo que no puede realmente ser y ni debería intentarse pues quienes las practican terminan en profundas depresiones y ansiedades; y quienes las promueven, en el fondo, promueven una esquizofrenia colectiva y perversiones morales bajo la apariencia de promoción de la dignidad y respeto a la persona humana.

Sobre la expresión de riqueza podemos hacer una breve reflexión. En filosofía se descubre que la riqueza del ser radica en toda la actualidad comprehendida en el ser mismo. Aflora cuando la persona, mediante un esfuerzo personal, se compromete con una causa noble y obra expresando su riqueza interior contenida: lucha por un ideal de servicio sacrificando comodidades; se por esfuerza por vivir virtudes como la honradez, la templanza, la prudencia en medio de ambientes que las desprecian como se hace hoy; siendo coherentes con valores y principios hoy olvidados; y, muchas obras semejantes, edifican a quienes contemplan su ejemplo, ya que no son fruto de impulsos ciegos y exigentes, ni caprichos, ni extravagancias, sino una decisión inteligente y voluntaria.

Pero todo esto parece haberse perdido hoy; hay una profunda riqueza personal que estamos perdiendo. Sólo queda preguntarse: ¿tú qué estás haciendo para cultivarla y no perderla?

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

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La riqueza personal que estamos perdiendo