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Visión de eternidad

Sunday, October 16th, 2016

Hoy domingo fue canonizado en Roma el niño cristero José Sánchez del Río, un pequeño michoacano de 14 años que sostuvo su fe pese al brutal martirio al que fue sometido durante horas. Durante todo este tiempo gritaba con fuerte voz  cada que recibía una puñalada: “Viva Cristo Rey y Viva Santa María de Guadalupe”, demostrando con ello que no habría dolor suficientemente grande que lo hiciera renegar de su fe. La frase que lo identifica y con el que lo recordaremos siempre es: “nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora” y su historia es profundamente heroica paso por paso. Su amor a Dios era mucho más grande que su corta edad y sólo añoraba encontrarse con Él para gozar de la gloria del Cielo.

¿Qué había dentro de ese gran corazón? ¿Qué originó fe tan grande y tan perfecta? ¿Qué le permitió resistir caminar con los pies desollados durante más de un kilómetro rumbo al cementerio donde lo asesinarían? ¿Qué le hizo enfrentar el miedo al martirio sin claudicar? ¿Cuál es el mensaje de este nuevo santo para el mundo actual?

El mundo en el que vivimos en el México presente no dista mucho del que veía delante de sus ojos el niño cristero: había una fuerte persecución contra los sacerdotes iniciada por el gobierno del Presidente Plutarco Elías Calles, se prohibía el culto religioso público, se clausuraron 142 templos en el país, se suprimía la participación de cualquier religioso en las instituciones de beneficencia, se clausuraron 73 conventos, se prohibieron las misiones, en fin, se buscó la eliminación de la religión por todos los medios posibles. La guerra cristera que se originó a raíz de este conflicto y fue una de las más sangrientas de la historia de México, muriendo en ella más de 200,000 personas.

El entorno anticlerical pone a prueba la fe y eleva los dones personales al grado heroico para quien está dispuesto a ofrecerlos por el Dios en el que cree y por el que vive. En el corazón de Joselito –como se le llamaba- había una formación procedente de sus padres y un gran celo por la defensa de su fe, así como una férrea convicción que le hizo solicitar el martirio a su Creador. El dolor sufrido lo percibió simplemente como la vía perfecta para irse directo al Cielo que anhelaba. No había palabra, acto, oferta, que le permitiera “vender” su enorme fe pues ya estaba previamente ofrecida a Dios y el niño sabía desde su interior que lo que percibía como eterno era real. Su vivencia infantil no le impidió conocer esta experiencia transformadora y trascendente, al grado de situarse por encima de sus necesidades corporales de defensa de su propia vida con tal de mostrar a Dios su amor sin medida, algo que podría calificarse de irracional e insólito…

Sin duda tuvo miedo. Su mérito no estriba en haber eludido esta reacción natural ante las amenazas de muerte que se cernían sobre su cabeza. Muchos ofrecimientos tuvo para unirse a las fuerzas gubernamentales y salvar su vida, mas él se negó rotundamente pues esto implicaba apostatar su fe, renunciar a su creencia mucho más fuerte que su miedo. En la cabeza de un pequeño sólo se podría suponer que correría a los brazos de su madre…y lo hizo…pero a los brazos de su Madre del Cielo.

La visión de la eternidad transforma la dimensión de lo que se percibe como transitorio, haciendo de este mundo una experiencia temporal destinada a mostrar la otra parte de la moneda: placer, superficialidad, materialismo, sensualidad, poder, todo lo que implica poderosa tentación para la parte puramente humana de la persona. La parte divina -que también poseemos- nos impele a buscar algo más, aquello que nos garantiza la permanencia para siempre sin estar sometidos al dolor ni a la muerte. Hasta los suicidas buscan la muerte como una forma de acceder a algo mejor, como un medio para librarse del sufrimiento. La visión de la eternidad es algo que poseemos como un don que nos permite realizar elecciones cada día, siempre y cuando escuchemos esa voz interior que nos indica el camino y nos otorga la fuerza para seguirlo.

José Luis Sánchez del Río es un modelo a seguir por la firmeza de sus convicciones. Es un mártir y santo de nuestro tiempo que con su vida muestra el modo de enfrentar crudas batallas sin perder lo esencial. Quizá tu martirio o el mío no sea de la magnitud del sufrido por este pequeño, pero hay pequeños sacrificios cotidianos que se no colocan como retos a vencer para ir fortaleciendo la voluntad y prepararnos para las grandes batallas. Nadie está exento de esta materia y disciplinarnos cada día es una tarea a la que no podemos renunciar, ya que su olvido implicaría la pérdida de aquello por lo que todos los santos han muerto: la vida eterna.

Reflexionemos pues, sobre lo que estamos haciendo en materia de fe y sobre lo que elegimos para la eternidad. Depende de cada uno lo que desea para siempre. ¡Ánimo!

Psic. Mildred Barrios Matos

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El renacido

Sunday, March 6th, 2016

Baruj miraba con recelo hacia la calle a través de los amplios ventanales de su tienda de antigüedades. El paisaje invernal se extendía hasta el fondo de su corazón, ya que sabía que sus días estaban contados. En cualquier momento los oficiales de la GESTAPO se presentarían para apresarlo y confinarlo a alguno de los terribles campos de concentración que su despiadado líder había inaugurado. Ya había tocado el turno a su vecino judío que, días antes, había sido expulsado con lujo de violencia de su panadería.

Era la época del Tercer Reich y existía la ideología que proclamaba que el judío era el origen de todos los males y se creía que de ellos surgía la desorganización y el caos, la degeneración moral, y se les estigmatizaba como el “fermento de descomposición”, una verdadera amenaza para la comunidad racial alemana. Esta concepción era sostenida por la sociedad alemana, la más moderna y con mayor nivel de desarrollo en Europa en 1930. Su antisemitismo no tenía una base religiosa sino racial, con una condición inferior inasimilable a la cultura nazi. Su líder, Adolf Hitler, se desempeñaba como un verdadero dios ante su pueblo.

Más de 80 años después, pero ahora teniendo como escenario los Estados Unidos, un nuevo líder amenaza con repetir la historia dirigiendo su odio hacia los inmigrantes, particularmente los mexicanos. Un precandidato presidencial, Donald Trump, dotado de una genética semejante a la de Hitler, lanza encendidos discursos exacerbando el odio y la discriminación hacia aquellas personas que considera violadores y criminales, causantes de muchos problemas en su país y portadores de enfermedades mortales. El magnate vende su imagen mencionando que toda su vida ha sido exitoso y es el único capaz de hacer grande a su país, un terrorífico deja vu que resuena en el corazón de una historia que, por lo visto, no dejó enseñanza alguna en tan polémico personaje.

En ambos casos, lo que es de llamar la atención es que ambos dirigentes han sido escuchados y creídos por una enorme cantidad de seguidores -situación que los dota de un indudable poder y peligrosidad- y es algo que pareciera inexplicable desde el punto de vista de una mente cuerda de nuestro siglo. ¿Por qué estas personas pueden convencer a otras de ideas claramente violentas y absurdas? La explicación, sin duda alguna, rebasará la capacidad de este artículo, pero pareciera que la idea del renacimiento nacional, la concentración del poder mesiánico que pudiera guiar a la humanidad, el descubrimiento de un culpable sobre el cual volcar toda la frustración por derrotas sufridas en el pasado, tocaron fibras sensibles en personas que, por su condición, habían dejado de sentirse seguras y poderosas, ideas con las cuales habían crecido y que, en su momento, no veían reflejadas en su diario vivir.

El concepto de recuperación de poder y fuerza, de capacidad de resolver problemas, de hegemonía económica, de liderazgo mundial, proporciona una esperanza para el pueblo que, abatido, desea volver a ser el protagonista de la historia. Los discursos políticos de ambos dirigentes coinciden en que hay carencias provocadas por otros y recuperar los campos de riqueza y trabajo desempeñados por “personas impuras” es la solución para regresar a la cabeza del mundo.

Me parece que hacia el fondo, ambos han tocado el miedo de sus pueblos ante amenazas -reales o imaginarias- que han considerado verdaderamente letales. Los alemanes temían el ingreso del comunismo bolchevique y los estadounidenses temen ataques terroristas. Ambos pueblos han necesitado del discurso de “hombres fuertes y ganadores” capaces de salvarlos, mismos que auguren una época de mayor plenitud en su sociedad.

Hitler y Trump son la imagen viva de la megalomanía vendida como poder basado en la extinción de unas minorías. Ellos se han colocado como modernos e invencibles dioses poseedores de fórmulas mágicas capaces de modificar todo entuerto. Su inteligencia y retórica convincente no alcanzan a ser incluyentes, puesto que el ataque al que consideran débil es su principal fuerza…y su mayor debilidad. En esto se revela su profundo miedo a que “la hormiga acabe con el elefante”, olvidando que se requiere del trabajo de la hormiga para diseminar el polen que permitirá la germinación de plantas de las que se alimentará el elefante.

Una mentira dicha mil veces acaba convirtiéndose en verdad -dicen por ahí. Los alemanes le creyeron a Hitler porque necesitaban creerle. Lo mismo ocurre hoy con los norteamericanos. Sin embargo, no olvidemos que Hitler sucumbió ante la verdad que surgió a la luz ante muchísimas más personas concientes de la perversidad de sus planes, no sin antes lograr el exterminio de millones de judíos. La pregunta es: ¿permitirá el mundo a un renacido hitleriano realizar un nuevo holocausto? Tú, ¿qué opinas?

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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El renacido

Vencer el miedo en la crisis presente

Sunday, February 14th, 2016

Al analizar el miedo, santo Tomás de Aquino explica que se produce ante un mal ausente difícil de vencer. Nos da miedo porque está lejos y su ausencia provoca zozobra interior: ¿si viene qué haré? El objeto temido es grande y fuerte. Son dos elementos. Ante todo lo inesperado de su llegada es parte de la inquietud y turbación que genera. Sin embargo, no es sólo la ausencia sino su fortaleza mientras que soy débil para enfrentarlo.

Por ejemplo, si temo un accidente automovilístico es porque pudiera suceder y poco podría hacer para salir ileso si llega a presentarse. Si temo un animal es porque es de gran tamaño, agresivo y pocos recursos tendré para enfrentarlo, quizá como un león, un toro o un lobo, obvio es porque los temo. En cambio, si tal animal no tiene fuerza o agresividad no lo temo –o no habría motivo- como una vaca o incluso un ratón –aunque éste último provoca miedo-. Tampoco lo temo si no es probable que se aparezca, no es lo mismo temer a un león en África que en México, pues en el segundo no abundan.

Hoy, la población mundial, lo que enfrenta –pues ya está presente- y a la vez teme –porque no se saben sus alcances y fuerzas-, es la crisis mundial que estamos viviendo. Se teme a la crisis pues se han puesto en duda los principios que lo rigen todo debido al relativismo que estamos viviendo; todas las instituciones -ya sean políticas, religiosas, económicas, educativas, familiares, culturales-, están confrontadas a un momento de cambio y transformación. Grupos y personas de pronto estamos ante la inestabilidad de prácticamente todo. El resultado es: miedo.

¿Por qué tememos? Porque nos sentimos débiles y olvidamos nuestras fortalezas que tienen tres orígenes que perdemos de vista.

En primer lugar la fortaleza individual que cada uno debe cultivar. Dejando a un lado los temores que paralizan, en lugar de sentarse a temer, hay que prepararse adquiriendo nuevos aprendizajes; conquistando nuevas habilidades; ejercitando acciones que habría que ejecutar ante el arribo del objeto temido. En lugar de temblar hay que actuar, disponerse así disminuye el temor.

En segundo lugar se debe considerar la fortaleza grupal. Enfrentar un mal de manera individual no es lo más oportuno pues así, se cuenta únicamente con los propios recursos, con los límites individuales. Actuar creando un equipo y responder ante las situaciones desde él, multiplica exponencialmente los recursos. No es lo mismo la fortaleza de uno que la que es resultado de entrelazar la de muchos. Supone pensar en el otro, en la empresa y en los ideales compartidos. Tu fortaleza es la mía. Eso disminuye el temor.

Por último hay que añadir la fortaleza divina. El ser humano no enfrenta solo las adversidades que se le confrontan. Aquellas que han aparecido en la vida humana fruto de las decisiones históricas, es decir, de aquellas se extienden en el tiempo y el espacio afectando a muchos, que en realidad son todas las decisiones humanas. Las adversidades que el mismo hombre ha creado no son ajenas a Dios, están bajo su control como Señor  de la historia. Confiar en Dios, obrando y haciendo lo que al ser humano le corresponde, dejando que Él obre lo que le toca, ya que nada se escapa de sus manos. Así ¿qué podemos temer?

Por todo ello, el punto central no es ¿qué temes? Sino ¿cómo te estás preparando ante la crisis presente y la mayor crisis que se avecina?

Y tú ¿piensas sólo en tus miedos o te preparas para enfrentarlos? Recuerda que el ave no confía en la rama en la que reposa, sino en sus alas que le permiten volar si se rompe.

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

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