Posts Tagged ‘reparación del daño’

El inmenso valor de perdonar

Wednesday, January 31st, 2018

Para cualquier persona que comprenda el mensaje cristiano, el signo de la cruz representa el perdón de Dios a los hombres; perdón que tiene carácter de infinito, pues el ofendido es Dios que es infinito y, el Hijo de Dios hecho Hombre se ofrece por la redención de los hombres que, al ofenderlo, han contraído una deuda infinita.

Esto nos conduce a analizar las cosas detenidamente. Aquél que ofende, el agresor causa un daño al ofendido y, unido a ello un dolor que acompaña a la ofensa recibida. La ofensa no sólo se dimensiona por el daño provocado, sino también por la dignidad del ofendido. Al ofender se causa un daño, un desorden que, para recibir perdón debiera ser reparado y además ofrecer algo extra; eso implica que se genera o contrae una deuda que implicará la reparación del daño y algo más.

Un ejemplo lo aclara. Le causo un daño a una persona robando su dinero, lo que le provoca al afectado un perjuicio directo, una injusticia que se comete, la pérdida de bienes que significa el dinero y los daños por lo que se pierde en tiempo y oportunidades. La reparación del robo implicaría la devolución del monto de lo sustraído y algo que se debería añadir, porque al devolverlo se repara algo, pero han habido más males que se han ocasionado. ¿Cómo se repararán? Como puede verse es algo más complicado de lo que parece.

También se puede añadir una consideración. Y es que se produce un daño sobre el mismo agresor. Es un desorden interior que a él mismo le provoca un mal, una privación, habría que corregirse y cambiar, en términos cristianos, arrepentirse.

Es claro que ofender es contraer una deuda; en cambio, perdonar es un acto de generosidad. Por el contrario, querer vengarse es un acto que genera un mal y no compensa la justicia, sino que es convertirse en parte del mal, pasando de ser agredido a ser un agresor.

El perdón se convierte en un acto de misericordia, un acto de amor que recae en el ofensor, perdonándole la deuda que queda saldada, sí, pero con el sacrificio del ofendido que se quedará con el daño recibido, podríamos decir, con las debidas proporciones, que se entrega a la cruz por quien lo ofendió. Por supuesto, se requeriría el intento siquiera mínimo de deseos de recibir el perdón, el reconocimiento de que ha obrado mal. Perdonar no implica que necesariamente se restablezca la relación con quien es el ofensor, pero sí el ofrecimiento de que siga su camino en paz.

Por otra parte, si el ofendido busca no la reparación sino la venganza, pasa en consecuencia a ser ofensor, a permitir que el daño que el otro infligió ahora se vuelva interno, es decir, el mal que el otro me ha hecho, ha ocasionado por el consentimiento propio a buscar dañar al otro, lo cual no cumple con la justicia al tomarla en las propias manos, sino que se trata de revancha, venganza, desquite o como quiera denominársele, pero no es el cumplimiento de la ley que sólo podría decidirse por un juez que juzgue objetivamente.

Algo más que comentar es que el perdón y la misericordia se colocan por encima de la ley, no exigen su exacto cumplimiento en justicia, no que la ley desaparezca sino que, tras la ofensa, al perdonar se asume el daño recibido; no significa otorgar permiso de obrar lo que se quiera sin ley, sino que ante sus transgresiones, no se carga contando las deudas que han adquirido los otros alimentando el rencor. Asumir las faltas de los otros contabilizándolas como juez, es algo ajeno al perdón y ajeno a reconocer que, si se exige justicia, también incide sobre el que la reclama, pues nadie hay que no haya ofendido y, por tanto, que no se vea afectado por una deuda que pagar, una necesidad de perdón. Si se hiciera justicia absolutamente todos los seres humanos tendríamos algo que pagar.

En conclusión, el perdón tiene un inmenso valor, es un acto generoso que supone ser más grande que la ofensa recibida, la capacidad de sacrificarse pese al mal recibido y de dejar al otro en el lugar que le corresponda: un ser humano que merece otra oportunidad, si la acepta; y, el reconocimiento de que nadie puede ser ni juez, ni Dios.

¡Hasta la vista!

Juan Carlos Barradas Contreras

La magia de la reparación del daño

Sunday, October 30th, 2016

Una de las características de la hermosa época navideña que se nos avecina, es el temor infantil de cometer faltas que pongan en riesgo el merecimiento de los tan anhelados regalos elaborados cariñosamente por el ejército de duendes al servicio del sonriente Santa Claus. Los padres de los niños se encargan de mantener viva esta tradición como una forma de controlar la conducta de sus traviesos pequeños, mismos que no dejan de portarse mal eventualmente, sólo que ahora buscan la manera de reparar el daño con tal de que su falla sea borrada de esa maléfica lista que el gordito polar conserva.

Si bien estamos hablando de una fantasía que se ha conservado a través de siglos, siento que no hemos aprovechado suficientemente la oportunidad de que nuestros niños aprendan el maravilloso poder del arrepentimiento y la extraordinaria paz que reporta el poder reparar el daño, permitiendo así la posibilidad de un inicio en donde ya no existan ni ofensor ni ofendido, dado que la curación procedente de la recomposición del agravio favorece la anulación del dolor del ofendido y la culpa del ofensor.

Arrepentirse de mal realizado ocasiona en el agresor un sufrimiento producto de la asimilación de percibirse como falible, imperfecto, culpable, siempre y cuando dicha persona posea un grado adecuado de salud mental y moral. Adicionar características negativas a la identidad puede reportar un desajuste a la autoestima, ya que batallamos siempre por mantenernos como personas capaces de realizar cosas buenas por las que seamos reconocidos. Es por ello que tendemos a ocultar las malas acciones y/o a maquillarlas con colores de bondad, con tal de salvarnos de las recriminaciones de los demás. Se necesita poseer ciertos rasgos sociopáticos para que el ser humano se enaltezca del mal esgrimido, enorgulleciéndose del daño realizado hacia personas que se encuentran en una posición de debilidad frente a ellos. Personas así no se arrepienten de sus actos porque ni siquiera los perciben como ruines sino que consideran un acto de plena justicia el realizarlos.

Por otro lado, el ofendido experimenta el sufrimiento por sentirse humillado, robado, desprovisto de algo que le pertenecía, sea un bien material o moral. La sensación de injusticia puede generar en él un fuerte deseo de venganza que acaba de sumar un mayor dolor al que ya padecía. Aunque es el que “tiene la razón”, finalmente puede situarse en una condición de inmoralidad igual al del que le causó el daño, impidiendo así que su sufrimiento se remedie tiempo después. Y aun suponiendo que no decida vengarse, esta persona tiende a conservar en su corazón el dolor de su pérdida y el resentimiento contra la persona que se lo causó, ocasionándole un mundo de frustraciones que impactará en un futuro en muchas de sus decisiones.

Ambas situaciones –en el ofensor y en el ofendido- poseen una salida salomónica que libra a los protagonistas de angustias posteriores y los hace crecer como personas: la reparación del daño realizado. Arrepentirse no significa únicamente pedir perdón sino comprometerse a resarcir lo que fue objeto de pérdida para el agredido. Es esta condición la que permite la verdadera curación -en ambas partes- de la falta. El que ha pecado puede devolver lo robado teniendo en cuenta que dicho objeto (físico o moral) ya no regresa igual, dado que se le ha agregado una vivencia dolorosa que no tenía; por tanto, es menester procurarle un nuevo significado positivo al que le fue extraído. Esta labor, que puede durar un cierto tiempo, va curando las heridas del agraviado y del agresor, quien puede experimentarse como alguien capaz de superar sus propias debilidades. De este modo, el ofendido se siente como alguien con una dignidad tal que merece ser aliviado en su malestar; y el ofensor se experimenta como alguien con una dignidad tal que puede recuperar su autoestima positiva al haber superado un gran obstáculo y aliviado un dolor ajeno.

El agresor aparentemente pierde lo que robó pero en realidad gana mucho más con lo que devuelve al haber reparado el sufrimiento que causó. Si nos ponemos a pensar que la persona ofendida podría haber generado mucho daño con el dolor con el que se quedó, volviéndose agresivo con los demás, por ejemplo, pues resulta que el ofensor, al reparar la ofensa, evitó males mucho mayores que pudieron haber originado enormes pérdidas en mayor número de personas. El bien que produjo fue mucho mayor al mal que ocasionó.

En conclusión, queridos lectores, es tiempo de aprender a fabricar bienes como resultado de reparar daños en otras personas. Esto implica un crecimiento personal y abre la oportunidad de horizontes más humanos y profundamente amorosos. ¡Suerte en esta empresa!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

[email protected]

la-magia-de-la-reparacion-del-dano