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El verdadero problema

Sunday, September 11th, 2016

Siempre llaman la atención los fenómenos sociales y las causas que los originan, máxime en una época en que la credibilidad en las instituciones está en franco descrédito. El hecho de que una nación se una de una manera increíble como lo estamos viviendo hoy en México para enarbolar la defensa de la familia natural, nos ofrece una oportunidad de analizar el contexto en el que dicho fenómeno se desarrolla y el motor que hace que más de un millón de personas en México hayan salido a las calles a externar su punto de vista de una manera libre y contundente.

El gobierno, en voz de su titular el Presidente Peña Nieto, lanza una iniciativa para legalizar el matrimonio igualitario, lo cual, a simple vista, no tiene más inconveniente que el que a esta unión se le llame “matrimonio”, cosa que no aplica por no ser gestora de vida. El problema no está ahí, pero ha existido mucha habilidad para hacer creer que sí, de tal forma que todos los ciudadanos se centren en este punto, dejando de lado lo que verdaderamente representa todo un atentado al futuro del país que es la adopción de niños por parte de parejas en estas condiciones, así como la educación bajo los criterios de la ideología de género que el gobierno pretende imponer en los ámbitos educativos.

La presencia y aplicación de este sistema en otros países ha demostrado ampliamente su total fracaso como impulsor de una sociedad más ordenada, libre, incluyente y, por supuesto, feliz. Baste revisar las cifras de los estudios realizados con seriedad para comprender lo que conlleva el ejercicio de este tipo de ideología. La realidad, imposible de desfigurar o descartar por simple capricho, se impone aplicando sus consecuencias a los desatinos de esta tendencia. Los resultados: niños confundidos, faltos de una identidad que les permita reconocerse como pertenecientes a un determinado sexo y sus implicaciones; hijos resentidos por la falta de uno de los progenitores, lo cual hizo que no tuvieran acceso al aporte y modelaje de ese sexo, por lo que no completan su desarrollo de una manera exitosa y, por ende, no saben cómo comportarse en la edad adulta; niños depresivos, insatisfechos, inadaptados, que viven en un sufrimiento perpetuo que, muchas veces, los conduce al suicidio; niños que generan una violencia interior por la falta de seguridad que les da el sentirse sin ataduras y límites, lo cual los induce a prácticas delictivas como desahogo de sus múltiples frustraciones; adolescentes que acaban adquiriendo enfermedades sexuales a muy temprana edad, debido a la ausencia de autocontrol favorecido por la enseñanza prematura del uso de una sexualidad sin censura; niños y adolescentes que buscan en las drogas un escape a su angustiosa situación; en fin, niños infelices que sirvieron a sus padres adoptivos -homosexuales o lesbianas- como satisfactores de una necesidad imposible de saciar como es la maternidad, sin que se pensase en ellos como los receptores de una “formación deformada” que pretendía ser liberadora y que únicamente los llevó a la más cruda de las esclavitudes.

Insisto mucho en lo siguiente: no es el homosexual o la lesbiana el problema. No es su interés en legalizar su unión. El verdadero problema es que traten de equiparar su acuerdo nupcial con el de un matrimonio heterosexual y que pretendan venderlo como la mejor opción para educar y formar a nuestros niños.

Si los niños son el futuro de cualquier país, si de su salud mental dependerá el tipo de nación que tendremos en los años venideros, estamos ante un peligro eminente que hay que detener para evitar para salvaguardar el destino de México. La modernidad no implica la pérdida absoluta de la moral como criterio para la elección de la forma de educar a los ciudadanos. Y aclaro que la moral no es religión. Se trata de una ciencia perfectamente instituida y reglamentada con un objeto de estudio que se refiere al acto humano como bueno o malo de acuerdo a la naturaleza. No es posible eliminar de tajo lo que ha permitido la multiplicación de los seres humanos y su desarrollo, con tal de favorecer los deseos de un sector poblacional cuyas necesidades no son resueltas por ir en contra de la naturaleza.

La factura de una sociedad que impide que sus ciudadanos crezcan en las condiciones óptimas, será cobrada en los años próximos. Y la pagaremos todos…. Es tiempo de alzar la voz y defender a nuestros niños, a la familia natural que es la única que participa con todas las condiciones para el sano desarrollo de los pequeños. Si la familia actual pasa por dificultades de integración, enfoquemos todos los recursos para apoyarla y evitar su sufrimiento. Hagamos todo lo que esté de nuestra parte, dependiendo de nuestra especialidad, para potencializar sus recursos y hacer crecer a sus miembros. Esto constituye un deber, máxime después de que catastróficas iniciativas pretenden eliminar de tajo una institución generada desde que el hombre fue creado como tal.

La invitación es a investigar, a conocer cuál es el verdadero problema y no dejarse engañar o manipular. Finalmente, de las decisiones gubernamentales que hoy permitamos dependerá la sociedad que viviremos en breve. En nuestras manos está marcar la diferencia. ¡No te quedes callado!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

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Érase que se era…

Sunday, March 20th, 2016

Relata la Biblia que la vida de Adán y Eva en el Paraíso era perfecta en medio del jardín del Edén, en el cual existían toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar. En medio de tan preciado jardín se encontraba el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal -mismo que Dios prohibió comer a nuestros primeros padres- y el cual sirvió de vehículo a la maligna serpiente para que se cometiera el primer pecado, la soberbia. Adán y Eva querían ser como Dios, reconocer entre el bien y el mal y vivir para siempre. Ante su osadía perdieron el Paraíso y tuvieron que empezar a trabajar para cubrir todas sus necesidades. La muerte empezó a ser parte de su ciclo vital.

Desde entonces la soberbia ha sido el paladín de los grandes males de la humanidad. La búsqueda de la superioridad sobre Dios y cualquier ser humano, el sentir que se es poseedor de la verdad versus la falsedad de los demás, y el profundo deseo de dominar la vida como algo eterno, ha sido la inspiración de multitud de mentes maquiavélicas que han modificado la historia mundial en un sentido cada vez más diabólico. Personas en la política que pretenden tener el poder absoluto para dominar a su pueblo mediante ideas megalomaníacas de ser los poseedores de la verdad, las ideas cada vez más generalizadas que tratan de imponer como “natural” lo que es a todas luces desviado de su naturaleza, el manejo de la vida como algo que puede ser manipulado para el cumplimiento de los caprichos humanos (ya sea para generarla o para ultimarla), son apenas algunos casos que nos recuerdan que la serpiente tentadora está deslizándose siniestramente en el árbol que representa los valores fundamentales de la vida humana. Ese árbol que no podía ser tocado porque representaría la muerte del hombre, hoy es tasajeado impunemente, y ha cobrado más mártires en la actualidad que en toda la historia de la humanidad.

Pareciera que todos los límites pueden ser violados y que no hay algo que se oponga al poder devastador de este mal. La violencia desatada y sin medida, las persecuciones y el enseñoramiento de la maldad en todas sus formas, pinta un panorama terrible y desolador que anuncia el fin de un ciclo que se ha saturado y que está a punto de colapsar. ¿Qué seguirá después? Creo firmemente que algo mejor y vivible, algo donde el hombre pueda llamar a su congénere “hermano” y extenderle una mano franca sin temor a que la pierda. La soberbia tendrá que ser extinguida para dar paso a una humanidad humilde ante su Creador, respetuosa de todo lo que le ha sido entregado para su cuidado, incluyendo su propia vida. ¿Por qué lo creo? Porque antes del pecado existió la Gracia, el amor, la belleza, la salud, la vida eterna, el Paraíso con todo lo espléndido de la naturaleza. De ahí salimos y hacia ese sitio hemos de volver. Lo creo porque confío en la misericordia de todo un Dios que se sigue revelando cada día pese a que seguimos comiendo la manzana del árbol prohibido. Lo creo porque Él prometió esa salvación. Lo creo porque en lo más profundo del ser humano, a través de su mirada, y colocando la llave adecuada, logro descubrir un corazón que sigue buscando el mismo amor que lo creó y por el cual suspira.

Tenemos trabajo y trabajo intenso. No se trata de una espera pasiva y gris ante el devenir de los hechos que nos arrastran como hojitas al viento. Se trata de proyectos de vida en donde hemos de vivir contra corriente, haciendo el esfuerzo cotidiano por amar al enemigo, ocuparnos del enfermo, trabajar por el que no puede hacerlo, sonreír por el que necesita aliento, soñar por el que ha olvidado la esperanza, orar por el que se ha perdido. Y todo esto, hacerlo con un espíritu humilde, de exaltación del Amor que nos impele a hacerlo, y no con un afán protagónico farisaico que nos remite de nueva cuenta a la terrorífica soberbia. Actos en silencio, ocultos a la gente que recibe el beneficio, son los más grandes y amorosos, así como agradables a los ojos de Dios. Érase un Paraíso en oriente, ahí donde sale el sol, que espera de vuelta a sus habitantes…

Querido lector, pudieras no compartir mis creencias pero eso no te exime de ser humano y de participar de una nueva generación de amor. En nuestras manos está empezar hoy, luchar por lo que se avecina como eminente –el colapso de esta sociedad- y empezar a disfrutar de la experiencia del amor. Seamos soldados de una nueva vida en donde el arma principal sea la misericordia. Que la Semana Santa que hoy iniciamos nos lleve a morir a la soberbia y a resucitar al amor. ¡Volvamos al Paraíso!

Psic. Mildred Elena Barrios Matos

Érase que se era